Los relatos de quienes se quedaron sin sus casas, sus afectos, su salud, su trabajo y sus recuerdos se escucharon ante el Tribunal.

“Parte de mi vida se perdió en esa explosión”, resumió Néstor Ferlatti, uno de los sobrevivientes de la explosión del edificio de Salta 2141. Más o menos las mismas palabras repitieron Anahí Salvatore y Omar Marcer, a quienes el derrumbe del edificio les robó afectos, salud, trabajo, bienes, recuerdos. Los tres dieron su testimonio esta semana en el juicio penal que investiga las responsabilidades del siniestro que dejó 22 muertos y unos 60 heridos. Y los tres pidieron al Tribunal que se haga Justicia.

Cada uno narró el estallido en primera persona. Durante varias horas, hasta la calefaccionada sala 7 del Centro de Justicia Penal llegaron el ruido “similar al de una turbina de avión” provocado por la fuga de gas, el desconcierto, el polvo de los escombros y el calor del fuego. Y el desamparo de hogares convertidos en escombros y la pérdida de personas queridas.

“Dios me dio posibilidad de seguir viviendo, de que mi mujer y mi hijo estén vivos, pero me quitó al abuelo de mi hijo. Cada uno podrá avanzar en la vida, ir dejándolo de lado lo que pasó, tratando de evitar malos recuerdos. Pero, para quienes los pasamos, estos episodios son muy difíciles de olvidar”, relató Ferlatti.

El médico de 54 años vivía en el 4º E de Salta 2141, con su pareja Andrea y su hijo Enzo. Los tres estaban en su casa ese 6 de agosto de 2013, a las 9.38, cuando se desató la tragedia. En el departamento de al lado, el papá de Andrea, Domingo Oliva, se preparaba para empezar el día.

Oliva falleció en el derrumbe. Enzo, de por entonces cuatro años, quedó atrapado bajo unos 80 centímetros de escombros. Sus padres lo sacaron de allí escarbando con las manos, después lograron bajar por una escalera al techo de la casa de un vecino.

“¿Qué significó esta tragedia en sus vidas?”, le preguntó el lunes pasado la fiscal. Ferlatti no dudó. “Primero y principal la muerte de un ser querido, la destrucción de un montón de cosas que fui forjando desde el año 2001, el lugar donde mi hijo más grande, Camilo, donde caminó, vivió, jugó, se divirtió, lloró. El lugar donde mi hijo más chico tenía sus cosas, sus juguetes, sus fotos, sus dibujos del jardín. Todo eso se perdió”.

En esa tragedia, continuó, “no sólo pedimos una casa, un auto, parte de nuestra salud y más que nada seres queridos, perdimos parte de la vida que teníamos nosotros ahí. Una vida linda, digna, en un lindo lugar, en un hogar que habíamos conseguido formar con mucho esfuerzo”.

Una imagen al mundo

Anahí Salvatore tiene 55 años y es técnica óptica. Vivía en el 5º B del edificio siniestrado. Después de la explosión estuvo varias horas colgada de la ventana de su casa esperando ser rescatada. En agosto de 2013, su imagen dio la vuelta al mundo.

El lunes pasado, frente al tribunal, dijo que daría lo que no tiene para que su vida vuelva a ser como era el día previo a la tragedia.

“No se cómo estoy viva. Los bomberos llegaron hasta mí con el último esfuerzo, en medio de un calor intensísimos y después no pudieron rescatar a nadie más”, recordó.

Y pidió que se haga justicia. “Si hay algo que me desvela es sentir que los autores que tuvieron que ver con esto no puedan eludir su responsabilidad. Somos personas que jamás hubiéramos aceptado vivir bajo riesgo, nadie evaluó en qué condiciones se volvió a dar gas al edificio, ni cómo se manipuló una válvula en pésimas condiciones”, dijo mirando al personal de Litoral Gas acusado por el siniestro.

“No tengo la vida que tenía y no puedo aceptar que nadie se haga responsable”, concluyó.

Una hermana

Omar Marcer tiene 52 años, en agosto de 2013 era empleado en una marquería, en Salta 2171. Durante 27 años trabajó junto a Graciela Mattaloni, fallecida en la tragedia. Esa fatal mañana ambos estaban en el taller, el terminando de enmarcar unas láminas, ella preparando café.

“Sentimos un fuerte olor a gas y cuando estábamos por salir fue la explosión. Yo volé contra una pared, caí abajo de una mesa. Tardé como cinco minutos en salir, cada vez que quería respirar tragaba polvillo”, narró.

Cuando terminó de comprender lo que había pasado, comenzó a buscar a la mujer.

“Mi patrona era como una hermana para mí, la buscábamos con mi patrón con desesperación, movíamos escombros, vigas muy pesadas y no podíamos encontrarla”, indicó, y señaló el momento en el que por fin vio la campera de la mujer, la onda expansiva la había empujado varios metros, había caído muy cerca de él.

Omar tuvo una operación de clavícula y heridas que dejaron algunas marcas en sus piernas. Estuvo más de un año en tratamiento psicológico. Y aún no pudo conseguir otro trabajo.