Los daños que provoca el cigarrillo -tanto para quienes lo consumen de forma activa como para los que aspiran el humo pasivamente- son innumerables. Existe una amplia biblioteca científica que los hace responsables de causar pérdida de visión, de afectar el corazón, de sufrir artritis en la adultez y de provocar EPOC, entre muchas otras cosas.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el tabaco mata cada año a más de 7 millones de personas (más de 6 millones de ellas son fumadoras y 890 mil son personas expuestas al humo del cigarrillo). La adicción que genera hace que dejarlo sea una tarea más que difícil, de aquí que surjan tratamientos y estrategias para lograrlo.

Una de las alternativas, patentada en 2003, fue el cigarrillo electrónico. Este desarrollo elimina la combustión de sus equivalentes tradicionales -y uno de los motivos por los que son tan perjudiciales-. En su lugar, un atomizador calienta un líquido (que puede o no contener nicotina) para que el usuario aspire. Así, reemplaza al humo por vapor, lo que les da el nombre de vapeadores.

Su aparición fue recibida como una forma de reemplazo del cigarrillo tradicional, menos nociva y menos adictiva. Así, fueron introduciéndose primero en China y -para 2006- en Estados Unidos y Europa. En varios países su uso y comercialización están regulados por organismos estatales, aunque ese no es el caso de Argentina.

En nuestro país, la ANMAT prohibió su comercialización en 2012, ya que entiende que “no existen pruebas para afirmar que los cigarrillos electrónicos son efectivos para dejar de fumar, en comparación con los tratamientos actuales aprobados para abandonar el hábito en por lo menos seis meses de seguimiento. (…)”. En este sentido, señala: “Los efectos adversos a corto plazo son muy frecuentes y moderados, pero pueden llegar a ser graves por intoxicación aguda y por daño potencialmente severo por explosión de la batería. No se ha establecido la seguridad de su uso a largo plazo. Sería imprudente su uso en aquellos que nunca probaron tabaco, porque puede generar adicción a la nicotina”.

Pese a esto, un estudio realizado por British American Tobacco junto a Euromonitor Consulting en 2017 señaló que en Argentina el uso del cigarrillo electrónico creció un 37,5% y se volvió tendencia, al igual que en otros países. De las personas que vapean, el 65-75% son exfumadores de entre 20 y 65 años, mientras que un 25-35% está conformado por quienes fuman pero ven a este dispositivo como un paso para abandonar la costumbre. Ahora bien, ¿qué dice la ciencia al respecto?

Argumentos a favor

Tanto los fabricantes de e-cigarettes como algunas investigaciones científicas señalan como aspecto positivo sus beneficios potenciales para la salud pública, ya que tienen cantidades menores de tóxicos y cancerígenos, comparados con el humo de los cigarrillos convencionales.

En este sentido, el Royal College of Physicians (Reino Unido) consideró que reduce los daños en el tabaquismo, comparado con otros productos de nicotina sin tabaco. La Public Health England fue un poco más allá y puntualizó que los vapeadores son un 95% menos perjudiciales que los cigarrillos. Por su parte, la FDA de Estados Unidos sugirió reconocer el potencial de la innovación que lleva a productos menos nocivos. Este organismo aclaró, de todas formas, que aun resta mucho por investigar.

Ahora bien, también comienzan a aparecer en los medios de comunicación casos en los que los cigarrillos electrónicos provocan lesiones en sus usuarios. Muchos de ellos están vinculados con la explosión de sus baterías, como es el de Felipe Pettinato, el de un hombre estadounidense de 57 años con la lengua y los dientes afectados o el de otro, que murió a causa de que partes del dispositivo golpearon su cabeza.

Argumentos en contra

Como con todos los temas, la ciencia comienza a indagar y observar qué sucede a mediano y largo plazo. Una investigación inglesa, por ejemplo, advirtió que el vapor del cigarrillo electrónico podría dañar las células del sistema inmune. Otras conclusiones presentadas en el Congreso Internacional de la Sociedad Respiratoria Europea 2017 demostraron que los cigarrillos electrónicos endurecen las arterias y aumentan la presión arterial.

Por otro lado, un artículo publicado en la revista científica Nicotine & Tobacco Research descubrió que los químicos que se colocan dentro de los e-cigarettes pueden provocar irritación en los pulmones. Otro, en JAMA Cardiology, los comparó con los cigarrillos tradicionales al concluir que también pueden provocar problemas cardíacos y ataques cerebrovasculares.

Incluso la ya mencionada FDA -la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos- se encuentra investigando si vapear está vinculado con el desarrollo de convulsiones. Es que identificaron 35 casos entre 2010 y 2019 donde los usuarios experimentaron estos episodios luego de utilizarlos.

¿Hay conclusiones?

La investigación, como vemos, no es concluyente. Si bien señalan su valor potencial al evitar o reemplazar el tabaquismo, también empiezan a descubrirse algunos aspectos perjudiciales de estos productos. Esto sucede porque la ciencia avanza día a día y porque, para conocer sus efectos a largo plazo, es necesario que pase el tiempo. Consideremos que estamos ante un invento que se popularizó hace alrededor de 15 años.