Padre Axel Arguinchona
El sacerdote Axel Arguinchona llegó a barrio San Agustín de la ciudad de Santa Fe. Su reflexión sobre el rol de los padres, la cultura del encuentro, la realidad del barrio que lo recibe y el balance de lo vivido en Esperanza.

Al aire de Cadena Oh! y luego de una serie de enumeraciones por parte de los periodistas de noticias que grafican distintas actitudes de papás y mamás que dejan solos a sus hijos en la vía pública o los descuidan en función de cumplir deseos propios, Arguinchona reflexionó: “Una cosa es tener hijos, otra cosa es ser padres. Incluso cuando hablamos de que hay matrimonios que no pueden tener hijos y sobre qué importante es la adopción. En definitiva, cuando no se puede ser padre biológico pero están y realmente son padres en el acompañamiento de sus hijos, en la educación: eso es lo importante”.

Cultura del encuentro

Más adelante, el sacerdote añadió: “En Navidad estamos por celebrar la cultura del encuentro: de un Dios que se hace hombre. Para que el hombre se encuentre con Dios y que nos encontremos entre nosotros. Desde la familia, desde los dolores simples y sencillos de cada día, es donde tenemos que generar los primeros encuentros. Si un padre o una madre, se olvida o deja de lado a sus hijos, imagínense la cultura del encuentro en otros ámbitos: se va al diablo”.

Cultura del consumismo

Ante la pregunta de qué nos pasa como sociedad, qué nos pasa a los seres humanos, el sacerdote Arguinchona dijo: “Hay un proceso de deshumanización. Creo que tiene mucho que ver la cultura del materialismo, del consumismo. Cuando endiosamos las cosas materiales, cuando ponemos en primer lugar el confort y pasarla bien te genera la indiferencia, el egoísmo, el dejar de darle tiempo a los demás, el dejar de sonreírnos, de darnos un abrazo, de pasar uno al lado de otro y ser indiferentes. Eso va generando violencia también. Creo que lo que tenemos que ir logrando es que el hombre sea el centro de la economía y no los números, por ejemplo. Que todos los días en vez de los números de la bolsa, nos preocupemos más por si todos los chicos pueden comer en sus casas”.

Entonces, completó: “Cuando empecemos a darle un ámbito distinto a las cosas realmente importantes vamos a poder ir generando la cultura del encuentro. Es un mundo viciado de estas cosas: el tener, obtener y pasarla bien y olvidarnos que la vida no es fácil. Y que la única manera de poder cambiarlo es encontrándonos, desde nuestras diferencias también. Y saber pedir perdón cuando nos mandamos una macana, y aceptar el perdón de los otros”.

La llegada a San Agustín

“El sábado pasado ya comencé como párroco en la comunidad. Me han recibido demasiado bien para la que merezco, una comunidad maravillosa con una calidez muy grande. Vamos a ir construyendo todos los días. Siempre digo que ante todo un sacerdote tiene que ser un hombre de oración, rezar por su pueblo es un gran gesto de amor. Pero también caminar con los demás. Creo que vamos a generar esa cultura del encuentro que va a lograr que el barrio vaya cambiando”, expresó Arguinchona.

Consultado por la realidad del barrio, dijo: “Muchísimas necesidades básicas insatisfechas, también necesidades a nivel de la calle, la luz, las cloacas no hay. No nos tenemos que acostumbrar a decir: es un barrio pobre todavía no puede acceder a esas cosas. No, no. Los barrios pobres son los primeros que tienen que poder acceder a esas cosas. Hay calles en San Agustín que si quiere ingresar una ambulancia no puede”.

Asimismo, agregó: “El sacerdote tiene que ser la voz de los que no tienen voz, siempre en comunidad. Me comprometo para llevar adelante esto. No solamente necesidades que a alguien se le pueden llegar a ocurrir, sino las que son necesarias para una vida digna. Lo vamos a plantear con mucha delicadeza pero mucha firmeza porque la postergación de los barrios tiene que de una vez por todas terminar”.

Esperanza

Se le pidió al sacerdote hacer un pequeño resumen o balance de su experiencia en la ciudad vecina, a lo que respondió: “Muy linda, con mucho corazón. Estoy agradecidísimo a toda la comunidad: creyente y no creyente. No hay un día en Esperanza que no me haya encontrado con abrazos, saludos, afectos y acompañamiento. Los 3 años y 9 meses han sido de una plenitud muy pero muy grande sobre todo por lo que los esperancinos me han regalado que son corazones enormes”.