David Rosman

Por David Rosman

 

Todos los artículos periodísticos, publicados luego de la tragedia que todos conocen, dicen algo parecido.

 

La violencia aplazó la vuelta de la final de la Copa Libertadores tras el ataque al autobus que conducía al equipo de Boca al estadio Monumental.   Ocurrió el 24 de Noviembre y podrían seguir ocurriendo actos de vandalismo de este nivel pues los protagonistas siguen intactos y con los mismos soportes mafiosos que los alientan.

Los periodistas, relatan los hechos, conectan a los barrabravas con los directivos de los clubes que los patrocinan, con la droga, con los políticos –en especial los que practican el histórico populismo con estas fuerzas de choque-, con la policía que los tolera, con los viajes al exterior que hacen estos delincuentes subvencionados por los clubes, con el manejo discrecional de los “trapitos” en las zonas de estacionamiento adyacente a los clubes, con la reventa de las entradas, en suma, es una narrativa parecida.

Utilizan la palabra “mafia”, inadaptados, mal educados, “mal necesario del fútbol”, y toda una nomenclatura que pretende ser elocuente pero solo sigue describiendo un flagelo que empezó hace muchas décadas y solo se fue agravando hasta adquirir proporciones de caos social.

No es la primera vez

No ocurre con un solo club sino que cada uno tiene sus fanáticos que lo siguen donde juegue. Estos se agrupan alrededor de un líder y forman grupos de poder, capaces de derrocar como una auténtica fuerza de choque a cualquier dirigente que pretenda combatirlos.

Estos provienen en su mayoría de sectores marginados y sin posibilidades de progreso, con frecuentes alteraciones en su conducta producto, precisamente, de esa marginación.

Tal vez sea necesario recordar lo que Juan Jose Sebrelli escribió en la década del 90 en su libro “La era del fútbol”:

El hincha es un individuo atormentado por su falta de identidad, por el débil sentimiento de continuidad y mismisidad de su YO, por la incompleta organización de su personalidad. Incapaz de reconocerse a sí mismo, de saber quién es y qué quiere. 

A través de un confuso e indefinido YO, trata de encontrar una relativa estabilidad, identificándose con alguna imagen de mundo circundante: ‘El equipo de fútbol’. 

Llega así a una total falta de separación entre el objeto que ha elegido y el YO: ser uno mismo significa para el hincha ser del cuadro X. 

El poder entusiasmarse por algo, el uso de insignias, los gritos a coro, el poseer una característica supuestamente propia, un determinado color, es una compensación para aquel a quien nada pertenece efectivamente y cuya vida, tanto en el plano individual como en el social, es un vacío absoluto porque la sociedad lo ha despojado de todo significado”.

Sebreli expresa que la ansiedad del hincha porque el propio club sea triunfador y muestre así su superioridad, trasciende la mera puja deportiva hacia otros valores humanos.

“La validez de esa superioridad propende a convertirse en una superioridad en general; y con esto se ha ganado algo más que el juego mismo. Se ha ganado prestigio y honor, que beneficia a todo el grupo al que pertenece el ganador”.

Una característica muy particular de los fans de un determinado club, es el odio desmesurado e incontenible en perjuicio de un rival. Esa incompatibilidad generalmente se produce por problemas barriales o coyunturas deportivas.

El sentimiento negativo llega a su máxima expresión cuando ambos conjuntos se enfrentan entre sí.

En tales ocasiones, es muy común que aquellos hinchas más irascibles e irracionales que forman parte de las barras bravas, desaten toda su furia y se produzcan grandes escándalos dentro y fuera de los estadios, con sucesos luctuosos y flagrantes, muchos de los cuales se repiten sin que las autoridades deportivas, políticas o judiciales ejerzan la natural autoridad para poner fin a esta violencia social.

No se refiere al “barra brava” sino al hincha que podría ser inclusivo no solo de sectores marginales y sin educación sino de otras capas sociales con relativa instrucción pero susceptible de perderse y transformarse bajo el estimulo de la “pasión deportiva”.

Sin remontarnos al comienzo del siglo XX para encontrar los primeros antecedentes de la violencia en cuestión, citemos lo comentado en el año 2015, cuando un enfrentamiento entre hinchas radicales del equipo de cuarta división Laferrere y la Policía en el municipio de La Matanza acabó con 26 policías heridos, tres de ellos en estado grave, además de numerosos destrozos urbanos, incluyendo la quema de cuatro vehículos.

A raíz de ese incidente, reitero en el 2015, Norteamérica deportes sostuvo “Los incidentes violentos en el fútbol argentino se han convertido en un mal cotidiano en el país y, como denuncian desde varios organismos, trasciende las fronteras de lo meramente futbolístico y se involucra con la política y el crimen organizado”

Al momento de escribir esta nota aparece la “llamativa” noticia de que el gobierno apura una ley para aumentar las penas de los delitos que se comentan en el ámbito de un espectáculo  deportivo.

Una ley, el aumento de las penas, la mejor definición de los “tipos penales”, es muy importante, pero no olvidemos que este problema estructural requiere profundos cambios culturales para producir resultados.

Conforme se sostuviera en distintos trabajos de investigación, la violencia en el fútbol es una Violencia Colectiva, y dentro de la misma está en la categoría de la Violencia Social.

Son actos delictivos cometidos por grupos organizados y como violencia de masa.

Las causas y consecuencias, nacen y repercuten en la sociedad, y una parte de la sociedad provoca, incentiva y concreta la violencia, y sus consecuencias vuelven a los generadores, es decir, es una relación circular, aunque en muchos casos las consecuencias también las sufren personas que se encuentran al margen de la violencia en el fútbol, tan solo por ser éstas partícipes de la sociedad.

Esto nos lleva al tema de una Política de Estado para combatir la violencia en el fútbol, sin más demoras, al igual que he propugnado políticas de Estado para encarar la violencia de género, el abuso infantil y las distintas patologías sociales que afectan a la Argentina.

Que otros países sufran flagelos similares, no es una respuesta, como suelo escuchar al tratar esta temática.

Que el actual gobierno nacional tenga “buenas intenciones” como argumento esbozado por algunos, para diferenciarse del grupo delictivo que durante 12 años expolió las arcas publicas y generó un crisis terminal, tampoco resuelve ninguna problemática social que afecta a los argentinos, y menos la violencia en el fútbol.

Se requieren medidas especificas que sean encaradas por funcionarios públicos que asuman la función publica como un servicio y no un “privilegio”; que sean probos y no improvisados como se ven en muchísimos casos a nivel nacional, provincial y municipal; ya existe un Congreso Nacional donde tan solo un 30% tiene alguna calificación académica, y el 70% expone como antecedentes haberse dedicado a la “política.

Solo el cambio de los modelos “culturales” que alimentó al fútbol en los últimos 50 años, podrá terminar con el caos social de los barra bravas, con la connivencia de políticos, dirigentes sindicales, jueces, policía, legisladores y un sector social que atónito observa el caos pero no tiene respuesta.

Es como si en Estados Unidos se quisiera terminar con las masacres colectivas y no se tratara el tema del control de armas.