La brecha entre el “¡No pasa nada, tranquilos!…” (Macri dixit) y la actualidad del mercado cambiario refleja la tensión sobre el peso. Cierto es que ayer el real en Brasil cayó frente al dólar 1,45% a niveles de R$4,14 en medio de la creciente incertidumbre electoral. Por lo que podría decirse que el BCRA dejó que el tipo de cambio oficial a $32,07 acompañara la depreciación de la moneda del principal socio comercial. Pero el “¡No pasa nada, tranquilos…!” sigue transmitiendo que las expectativas oficiales continúan bien elevadas.

Es como si el Gobierno de Cambiemos aún continuara bajo el elixir del espíritu ultra optimista del ya célebre paper titulado “Don’t worry, be happy”, pergeñado en la Fundación Pensar, y sobre el cual se diseñaron las políticas económicas implementadas, que luego implosionaron. Si bien esto ya es historia, al mercado le inquieta que el Gobierno envíe este tipo de mensajes porque, a la luz de los acontecimientos, suenan desmedidos o más bien desconcertantes sobre la realidad. La puja cambiaria denota también una típica pulseada de parte del mercado, porque si no ayer le hubieran llevado todos los dólares que el BCRA puso a disposición a poco más de $31,30/$31,40. Sin embargo, luego marcaron precio por encima de $32. Son cosas del mercado.

Ahora bien, esto no implica soslayar que el nivel de desconfianza sigue firme, incluso creciendo, por lo que es imperioso que el Gobierno y el BCRA reencaucen las fuerzas del mercado cambiario. Cayó el real ayer, pero el clima doméstico va por otro carril que el externo. Porque, si no… ¿cómo explicar que en las últimas jornadas los seguros contra default de la deuda argentina a 5 años (CDS) subieran a máximos de 603 puntos cuando los de la deuda de Turquía bajaron a menos de 485 puntos?. O sea, acompañamos el malhumor emergente, pero a la hora de la fiesta nos aplican el derecho de admisión y permanencia y quedamos afuera. Influye, sin duda, el ingrediente externo, los inversores miran con recelo los compromisos financieros de 2019 y todo este embrollo retroalimenta las expectativas negativas de los locales en medio de la recesión. De ahí la presión sobre el peso.

Visto todo este panorama, tampoco se comprende bien el accionar del BCRA, que con un mercado cambiario bajo tensión e indicadores que marcan que la fiebre inflacionaria no cede, deja en la calle una inmensa masa de dinero sin destino. Los números oficiales al jueves pasado muestran que la base monetaria se expandió casi $180.000 millones. Entre mayo y julio la base creció entre 30.5% y 31,5% interanual, y ahora en agosto lo está haciendo a un ritmo del 38,2%. El esquema de flotación cambiaria funciona si hay cierto control sobre la oferta monetaria. De lo contrario el sistema se torna inestable. Y si algo está claro es que la demanda de dólares supera ampliamente a la oferta mientras que todo lo contrario ocurre con el mercado de pesos, donde lo que sobran son precisamente los pesos.

El desarme de las Lebac está pegando de lleno en el contexto monetario. Al cabo de las primeras tres semanas vía Lebac se inyectaron $340.302 millones más otros $4.090 millones por pago de intereses. Gracias a las ventas de dólares al sector privado por parte del BCRA y del Tesoro se pudieron absorver $30.898 millones y $29.034 millones, respectivamente. La otra parte del trabajo sucio estuvo a cargo de las Leliq y los Pases. Por ambos canales, sobre todo el de las Leliq, el BCRA aspiró $110.721 millones. De modo que la Base aumentó $178.436 millones. No extraña que en un contexto donde la demanda de dinero se ha retraído (el M2 privado crece a menos del 20% anual) y con un mayor nivel de incertidumbre el mercado cambiario sea la caja de resonancia.

El Gobierno blanqueó el problema de las Lebac en el acuerdo con el FMI. Por eso el BCRA ahora computa la Base monetaria amplia que incluye a las Leliq, las Lebac en manos de bancos y los Pases. Hoy la base monetaria asciende a $1.245.245 millones mientras la base amplia está en $1.703.546 millones. Además están las Lebac en manos de los ahorristas privados que suman más de $464.000 millones.

Los bancos están en el corralito, pero los inversores no. Sus tenencias son demanda potencial de divisas, ya que la súper tasa parece ya no convencer a nadie, sólo a aquellos que necesitar estacionar liquidez por el giro de sus negocios o necesidades de financiamiento. Además, en este período el sector público ha visto incrementar sus depósitos en el sistema en más de $100.000 millones. Al 23 de agosto los depósitos del sector público ascendían a $438.179 millones, una masa nada despreciable (equivalente a cerca de u$s14.000 millones). Por ello resulta curioso que no “induzcan” al sector público a colaborar en el control de la oferta monetaria. Algo más habrá que hacer, porque subir más los encajes sería el plan C.