Todo esto es parte de una verdad pero no es la verdad. La semana que finalizó entre la movilización de Hugo Moyano y el conocimiento público de cuentas offshore y dineros no declarados de Luis Caputo y Valentín Díaz Gilligan; el gobierno del presidente Macri había extraviado la agenda política. El consejo de Durán Barba de habilitar la discusión de la despenalización del aborto, produjo un cambio inmediato en la atención y lo que era un dolor de cabeza pasó al menos a abandonar la tapa de los diarios.
El sofocón político viró hacia otra situación incómoda. El Papa Francisco es argentino y está a favor de la vida y no de su aborto. Es más, el gobierno sabe perfectamente el rol fundamental que la Iglesia de Bergoglio le cupo a la hora de decidir la suerte de María Eugenia Vidal en la provincia de Buenos Aires. Le consta a esta cronista como en aquella oportunidad, sacerdotes desde el púlpito con poco disimulo aconsejaban votar por el PRO. Tal vez por ello no pasaron 24 horas de producida la habilitación para su tratamiento en el Congreso, cuando Federico Pinedo manifestó que de llegar a aprobarse, cosa que veía muy difícil de conseguir; el presidente Macri seguramente vetaría la ley. Más allá de la posición en defensa de la vida de esta cronista, que poco importa en este análisis, imaginemos por un momento la realidad del día después si ésta, se aprobase. ¿Qué cambiaría? En realidad vida por vida. Es decir, tal vez se evite la muerte de mujeres para que mueran niños por nacer. ¿Y si lo pensamos al revés? ¿Y si comenzamos por el principio? ¿Y si discutimos y accionamos sobre las verdaderas causas que conducen a un aborto? ¿Y si trabajamos sobre la cada vez más irritativa distribución de la riqueza? ¿Y si educamos para la vida? ¿Y si nos abocamos a encontrar herramientas para generar empleo? ¿Y si el Estado pone su presencia donde debe y deja su actitud de Poncio Pilatos?
Un sector del gobierno cree que el Papa ha bajado en las encuestas y por ello sostiene que es el momento oportuno para este tratamiento. Quienes así lo creen, incurren en el tremendo error de comparar la institución Iglesia con un partido político. Bergoglio puede cometer errores. El Papa Francisco crece en la consideración del mundo por ser la voz de los pobres, por visibilizar a los excluidos, por clamar por justicia social.
El gobierno del presidente Macri insólitamente después de haber ganado las elecciones de octubre de manera clara y contundente, entró en una pérdida no sólo de imagen, sino y fundamentalmente en un período en el cual la ciudadanía o parte de ella, lo juzga por sus acciones y no por las del gobierno kirchnerista. Insisto un sector del gobierno parece querer que el presidente Macri dispute liderazgo al Papa argentino. Esto es perder la dimensión de lo que representa Francisco en el mundo y al mismo tiempo poder contar con él. No sólo desde la fe. Es un jefe de Estado con muchísimo poder y contactos. Tal vez si la relación fuese distinta, las valijas del Presidente que recorren el mundo en busca de inversiones y vuelven vacías, si fuesen al Vaticano el Papa ayudaría en ese propósito. Más allá de lo que se diga sobre Francisco, el Papa es argentino. Claro que para este cometido, lejos de combatirlo hay que consensuar acciones. Este gobierno parece cometer el mismo error que su antecesora. ¿O nos olvidamos que Cristina Fernández de Kirchner demoró largas horas antes de reconocerlo cuando fue ungido Papa? ¿Olvida Mauricio Macri que fue el Papa quien lo puso en el lugar que correspondía y que la ex Presidenta le negaba cuando su Santidad asumió?
El mundo pasa por un estado de desequilibrio y egoísmo. Los grandes países van por más inequidad distributiva. Esto no sólo trae pobreza y exclusión sino la lenta e inexcusable destrucción del planeta por ignorar las leyes del ecosistema. Es mentira que se piensa en las generaciones futuras: uno de cada dos chicos según UNICEF está desnutrido, se acuesta a dormir con hambre y se levanta con más posibilidades de no tener futuro ni de aportar a él. Es cierto que Argentina es un país chico en el concierto de las naciones, pero este año tiene un rol fundamental, en su geografía se desarrollará el G20. ¿Cuál será la postura allí? ¿Planteará este tema o será uno más de los ejecutores de la inequidad y sus consecuencias?
La semana terminó como fue sugerido en esta columna el martes pasado: Moyano pasó a ser insisto tal vez sin quererlo, la voz de distintas voces. Muy distintas pero con la misma necesidad: encontrar alguien que lo diga en voz alta. Todos debieran llamarse a introspección; Moyano, el sindicalismo, los empresarios y el gobierno. La mesa está servida. En Argentina siempre dio resultado lo tripartito: empresarios-sindicato-gobierno- Hoy sucede que Macri es empresario y gobierno. Una vez más la pregunta sigue vigente: ¿entenderá que la hora exige concertación?
La inflación y el endeudamiento, y la consecuente generación de inflación por expectativas, por ende el aumento de los precios, no parecen estar dispuestos a frenarse y desviar su camino, más allá que el Congreso discuta la despenalización del aborto.
Dos tópicos. El ministro de Finanzas Dujovne pasó un mal momento en España cuando el catedrático Fonseca le preguntó de qué manera pueden venir inversiones a Argentina, lo cual es un signo de confianza en la política del país, cuando el propio ministro tiene sus ahorros en el exterior. La respuesta de Dujovne no fue la de su par Lorenzino con el recordado “Me quiero ir”, no obstante aducir que sus dineros constan en su declaración jurada sabe el ministro como todos los hombres de negocios, que los paraísos fiscales y las cuentas offshore sirven para evadir impuestos en sus países o lavar dinero.
Otro tema que debiese mirar con atención el presidente Macri es quien debe conducir la Oficina Anticorrupción. Lo lógico sería que estuviese en manos de un académico entendido en temas de corrupción o de la oposición. No se trata de un juicio de valor sobre la persona de Laura Alonso, pero aún con las mejores intenciones la Presidente de la OA es una militante del PRO. Ya tuvimos la experiencia mucho más grosera, pero experiencia al fin, de Alessandra Minicelli controlando a su esposo el ex ministro De Vido.
Siempre se pueden corregir rumbos. Sólo depende de la convicción que se tenga sobre lo que se quiere lograr.