Las consecuencias psicológicas de una violación

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Son muchos los estudios que se han hecho en el mundo sobre el estrés postraumático en toda aquella persona víctima de violencia, sea del tipo que sea. El sometimiento, la sumisión, indefensa y amenaza de muerte frente a otro sujeto más fuerte que uno (sea por el simple hecho de portar un arma), vulnera, denigra y desespera. En un instante, la vida que una persona fue construyendo año a año desde que nace, queda a simple merced de otro, de lo que en ese momento se le antoje hacer con ella. Ese manoseo perverso (físico y psicológico) no se reduce solo al acto en sí mismo, sino que puede marcar de por vida a la víctima.

En el artículo “El síndrome de estrés postraumático y víctimas de violación”, los autores Roberto Manero Brito y Raúl Villamil Uriarte -del Área de Concentración en Psicología Social del Doctorado en Ciencias Sociales, Departamento de Educación y Comunicación de la Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco en México-, afirman que “las víctimas de abusos sexuales sufren más estrés postraumático que los soldados de guerra” porque “el suceso traumático se produce con frecuencia en un ambiente seguro (casa, ascensor, trabajo) y están “más expuestas a tener que reanudarla en el mismo escenario en que ocurrió el ataque y el temor a volver a experimentarlo”.

Las secuelas entre ambos casos son “similares y complejas”, explica la vicedecana de la Facultad de Psicología de la UBA, Dra Licenciada Lucía Rossi, en dialogo con Infobae. “En las violaciones y en las guerras, las escenas se inscriben. Las secuelas son similares porque ambas se dan desde afuera, por un factor externo al sujeto. Freud señala que el shock emocional de la guerra se conecta con esta escena: el sujeto no puede posicionarse, queda perturbado, encriptado y también excitado. El sujeto se desayuna con la extrema vulnerabilidad”.

Rossi, miembro de la Sociedad Norteamericana de Psicología (SIP) y de la Asociación de Psicología Aplicada (AAP), sostiene que la violencia extrema que supone la guerra y una violación, vulnera las relaciones interpersonales de la víctima. “Queda perturbada, con una angustia contenida. En el caso del abuso familiar, esa angustia se potencia porque el lobo está adentro. En general, las víctimas de abuso sexual viven en un momento de zozobra y alerta permanente”.

La presidenta de AVIVI, María Elena Leuzzi, coincide con Rossi en que los abusos sexuales producen un daño permanente. “No vuelven a tener la misma vida, por más que lo intenten día a día porque pierden la confianza en el resto, no pueden volver a mirar a la gente como antes; les truncan la vida. En una parte del hecho, se detiene su futuro y su presente y hablo de las que llegan a volver a su casa. No vuelve a ser lo mismo nunca más. Alguien ha invadido su cuerpo, su intimidad sin su consentimiento, con amenazas en su oído permanentemente y con un arma en cualquier parte del cuerpo. Ese miedo y adrenalina es muy difícil de superar”.

En el artículo, los autores detallan que los efectos de la guerra en los ex combatientes estadounidenses en las guerras de Corea, Vietnam o del Golfo Pérsico han podido ser objeto de un seguimiento que muestra las secuelas que la violencia extrema ha dejado en dichos soldados. “El desequilibrio traerá a un primer plano la presencia de la culpa como fenómeno concurrente en el efecto traumático. La culpa no es sólo la culpa del sobreviviente o la culpa por no evitar riesgos evitables. La culpa aparece también como un elemento que se hace presente ante la revelación de aspectos insospechados del mismo individuo. La víctima sometida a la extrema violencia del delincuente se ve obligada a satisfacer su violencia, a anticipar su ansia de dominio. Se ve obligada (como el soldado) a suprimir, aunque sea temporalmente, el régimen moral de su superyó, y a identificarse -para establecer una contra estrategia desde el polo de la sumisión- con el agresor. Desde allí actúa roles y participa en experiencias que le resultarán insospechadas”, detallan.

Los especialistas amplían que cada caso en particular produce traumas distintos, pero reconocen similitudes en los efectos de la violencia. “No es lo mismo una mujer violada que un militante torturado, ni tampoco el efecto de una catástrofe natural que el terrorismo de Estado”, amplían. “El síndrome de estrés postraumático muestra así las secuelas psicológicas y biológicas de la violencia. Ésta no sólo tiene una cualidad traumatizante: es un estímulo que no puede ser manejado por el psiquismo de las personas, cosa que había sido descubierta por los psicoanalistas en la neurosis traumática. La violencia tiene una cualidad retraumatizante. Su efecto, a largo plazo, genera en la víctima una incapacidad cada vez mayor de llevar a cabo su vida normal y tiene que ver con la reactualización imaginaria de la violencia sufrida”.

“Es como si la violencia tuviera la capacidad de instalarse en la vida anímica, y periódicamente manifestara a través de imágenes terribles la presencia de aquello que se consideraba dejado atrás. Los flashbacks, los recuerdos o sueños inopinados que se presentan en el síndrome de estrés postraumático son la evidencia metafórica de la presencia permanente de un poder terrible y aniquilador”, agregan al citar a la psicoanalista Silvia Bleichmar, quien insistía en que “no sólo enferma la experiencia vivida sino el recuerdo del terror” y que la resignificación del suceso es necesaria para la recuperación.

Los psicoanalitas especifican que el estrés postraumático fue descrito por vez primera en el DSM-III (Diagnostic and Statistical Manual), editado por la American Psychiatric Association (APA) en 1980 y fue catalogado como un trastorno de ansiedad con características singulares. “Básicamente, lo padecen personas que son víctimas de sucesos inusuales de forma brusca, tales como las consecuencias de la guerra (Albuquerque, 1992), las agresiones sexuales (Echeburúa, Corral, Sarasúa y Zubizarreta, 1990), los accidentes (Alario, 1993) o las catástrofes (Holen, 1991). De igual modo, la victimización -el hecho de ser víctima de un delito- puede causar unas repercusiones psicológicas muy negativas en la estabilidad emocional de las víctimas”.

Entre los síntomas más comunes aparecen la repetición de la vivencia; evasión del evento traumático; aumento de la excitación emocional que puede provocar trastornos en el sueño, falta de interés y concentración; pérdida de la autoestima y confianza; sentimientos de culpa; miedos y fobias, entre otros.

Leuzzi y la licenciada Rossi consideraron importante resaltar que los abusos sexuales no alteran la orientación sexual de la víctima, así como tampoco todos los violadores han sido abusados de chicos. “Puede pasar que se dé vuelta la escena y que el pasivo (víctima) se convierta en activo (victimario)”, pero se trata de casos aislados, explica la vicedecana de la UBA. Respecto a la sexualidad de los menores varones abusados sexualmente, añade que “no necesariamente eso determinará su sexualidad. Depende del sujeto”.

Respecto a las mujeres, Brito y Uriarte sostienen: “La relación con el mundo, consigo misma, con su cuerpo, con su sexualidad y con los demás, quedará marcada por lo siniestro, entendiendo por siniestro aquello en que algo que es familiar y conocido se torna repentinamente en algo desconocido, diferente y terrible […] En muchas mujeres, en donde aparentemente ´no pasó nada´, después de varias horas, días o semanas se suele desatar la respuesta traumática, manifestándose de diversas formas: llanto incontrolable, temblores, aturdimiento, espasmos, pérdida de control muscular, etc. […] Muchas mujeres que intentaron borrar de su mente lo ocurrido, reaccionando con aparente calma y autodominio en el momento de la agresión, se vieron sorprendidas tiempo después reviviendo todo el hecho, aflorando a la superficie una serie de emociones conflictivas y/o contrapuestas”.

Como la humillación psicológica en las víctimas suele aparecer con el tiempo, la licenciada Rossi insiste en que es “fundamental un tratamiento psicológico que permita poner en palabras lo que pasó y una propia lectura del hecho para la sanación”. Y concluye: “La ley no funciona. El ordenamiento general no funciona. Esas falencias judiciales también generan impacto en la estructura psíquica de las víctimas. Que no haya justicia ni se haga nada, también impacta en ellos de manera negativa”.

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