07-09-2009 | SANTA FE

Mira y López, un hospital de puertas abiertas que conducen al peligro

Es el único efector público en materia de salud mental que hay en la ciudad. Es de puertas abiertas, lo cual no significa que los pacientes internados puedan salir y deambular libremente por las calles.

La Dirección reconoce que hay veces que se le escapa el control y los internados se van.
La Dirección reconoce que hay veces que se le escapa el control y los internados se van.
María Susana Díaz y Dolly Patricia Farías no se conocieron. La primera, de 50 años y habitante de Sunchales, falleció el 12 de mayo de 2008. La segunda, de 44 y oriunda de Laguna Paiva, el 3 de julio del mismo año. Sin embargo, a las dos mujeres las une el mismo trágico final: murieron atropelladas cuando pretendían cruzar la avenida Blas Parera al 8400. También compartieron el motivo por el cual se encontraban en nuestra ciudad: eran pacientes del hospital psiquiátrico de puertas abiertas Mira y López, ubicado en la misma cuadra donde se encontraron con la muerte.

El 29 de junio pasado, fue noticia una violación ocurrida en el interior del Mira y López donde se vieron involucrados dos pacientes hombres retrasados mentales, uno de ellos alojado por haber cometido el delito de violación simple y ser declarado inimputable por presentar trastornos psiquiátricos. A lo dramático de la situación, hay que sumarle que este último, que fue quien cometió el ataque sexual hacia otro paciente, había deambulado con anterioridad más de 48 horas por las calles de la ciudad hasta que decidió regresar al hospital.

En una primera recorrida por el nosocomio, El Litoral observó cómo un paciente agarrado al cerco perimetral pedía monedas a todas las personas que veía pasar caminando o viajando adentro de autos y colectivos.

En un lenguaje poco claro, refirió que el dinero era para comprar yerba y azúcar en el almacén de la vereda de enfrente. Consultado sobre cómo consigue salir del lugar donde se encuentra internado, sobre todo ante el peligro que significa la avenida Blas Parera, contestó: "Me dan permiso en la guardia". En los cinco minutos que duró la conversación, también indicó que no tiene familia y está alojado "hace 2 años por ebriedad".

76 internados

Silvia González es la directora del hospital Mira y López desde enero de 2006, antes de que se reglamentara la Ley de Salud Mental de la provincia.

En principio, aclaró que "salud mental es un concepto cargado de mucha ideología, por lo tanto está impregnado de cuestiones culturales".

Dos salas de internación, una de hombres y otra de mujeres, tiene el hospital para alojar personas con padecimientos mentales. Cada una dispone de una capacidad para 37 personas, y actualmente sólo quedan 4 camas disponibles en la de mujeres.

"La mayoría son pacientes crónicos, que están acá desde hace años porque no tienen familia o vinieron desde niños. Tenemos un alto porcentaje de pacientes judiciales, lo que no significa que hayan cometido un delito sino que están por intervención de un juez de familia que lo derivó al hospital como una medida de protección de personas. También pacientes inimputables que sí cometieron algún delito pero que de todas maneras no están presos sino que son tan pacientes como los demás", señaló Silvia González al ser consultada sobre las características de los internados.

"A veces se nos pasa"

La Ley de Salud Mental Nº 10.772/91 hace referencia a las salidas terapéuticas de los internados en el artículo 15 pero en ningún caso permite salidas individuales sin autorización. Sin embargo, tal situación ocurre y es reconocida por la directora del hospital en una entrevista que concedió a El Litoral.

-¿Qué significa que éste sea un hospital de puertas abiertas?

-El concepto tiene que ver con generar las menores medidas restrictivas de la libertad de las personas. Eso no quiere decir que el paciente se pueda ir y a nadie le importe. Que un paciente se vaya de la institución sin estar recuperado constituye una falta, una dificultad a trabajar con el equipo de profesionales.

Las puertas abiertas tienen que ver con establecer tratamientos que restrinjan en la menor manera posible el encierro de la gente. Fue una movida cultural que se dio en algún momento, porque antes los tratamientos psiquiátricos tenían que ver con una crueldad compleja: boxes de aislamiento, pacientes atados, electroshock... concepciones de época que demostraron su ineficacia y dieron origen al concepto del open door en contra de esas prácticas.

-Sin embargo, en ese "generar las menores medidas restrictivas de la libertad de las personas" muchos pacientes salen del hospital como si nada y corren peligro. Hay antecedentes de pacientes que murieron atropelladas en Blas Parera.

-Siempre digo que si alguien cruza avenida Freyre o López y Planes saliendo del Cullen o del Iturraspe, el titular del diario nunca va a ser: "Paciente del hospital Iturraspe fue atropellado en la calle". Los hospitales psiquiátricos provocan una sensibilidad social y cultural bastante interesante.

Ésta es una avenida peligrosa para vos, para mí, para el fotógrafo, para cualquiera. Hubo gente que al salir del hospital fue arrollada por los autos, pero sólo un caso fue una paciente internada.

Controlar quién entra y quién sale del hospital es difícil porque no tenemos derecho de admisión. Cuando los pacientes se están yendo o están en la calle sin tener el alta, el personal de la guardia o la vigilancia nos avisan y vamos a buscarlos.

Hay otras circunstancias que se nos escapan del control. A veces suele pasar, sobre todo por la mañana cuando en el hospital hay mucho movimiento, los pacientes salen al patio y deciden irse. Hay veces que realmente se nos pasa. Pero sucede en este hospital como en todos los psiquiátricos del mundo. Por eso, las instituciones privadas tienen sus puertas permanentemente cerradas con llave y con candados y tenés que atravesar varias para poder llegar a los pacientes.

-Teniendo en cuenta esas "circunstancias", ¿no cree que se deberían extremar las medidas de control en los ingresos?

-En 2007 se presentó un proyecto para un nuevo cerco perimetral y una cabina de vigilancia de ingreso que debe aprobar el Ministerio de Salud. Yo creo que el hospital necesita un control distinto, un sistema distinto, pero para proteger a los que estamos acá adentro.

La cuestión no es cerrar las puertas o generar un control para que los que están adentro no salgan. Ése no es mi concepto. Mi idea es al revés: un hospital que pueda tener una vigilancia lo suficientemente eficaz para también controlar lo que ingresa desde afuera al interior del hospital.

-¿Pero no le preocupa que los pacientes salgan a la calle, por la seguridad de ellos mismos?

-Distingamos. Una cosa es un paciente retrasado mental, que no está en condiciones de distinguir cómo cruzar la calle, y otra cosa son los pacientes que tienen cierta lucidez.

-Usted lo que quiere decir es que una persona con serios problemas mentales difícilmente se vaya del hospital porque la persona que está en la puerta lo frenaría.

-Sí. En algún momento hubo un pedido de uniformar a los pacientes del hospital para distinguir si se van a la calle. La verdad es que eso me parece terrible. Hay muchos pacientes crónicos que son acompañados hasta el kiosco por el personal, o que le piden a las enfermeras que le compren lo que precisan.

También quienes se toman un colectivo, se compran sus cosas y vuelven. Cobran una pensión y están en plenísimo derecho de hacerlo. El paciente que no es judicial no necesita autorización de nadie para salir, obviamente tiene que avisar en la sala que se va para que no lo andemos buscando. Hay salidas terapéuticas también.

Me parece que hay muchos prejuicios culturales con relación a que alguien en sufrimiento mental o que en algún momento tuvo una crisis sea incapaz de muchas cosas. Y no es así.

-Si tienen cierta autonomía ¿es el hospital el mejor lugar para que estén?

-La ley y su reglamentación prevén las casas de medio camino para el alojamiento de pacientes crónicos. En la ciudad hay una. Hemos tenido reuniones con los coordinadores del Nodo, con la gente de Derechos Humanos, con Vivienda, con Desarrollo Social y con la Dirección de Salud Mental para pensar juntos en ciertos bienes inmobiliarios del Estado y abrir más casas de medio camino y darle al hospital Mira y López la impronta de un centro de referencia respecto de la crisis y lo agudo en salud mental.

El 100 % de los pacientes crónicos está compensado, pero está acá porque no tiene dónde ir. Ellos pueden ir al centro y volver tranquilamente. Es una cuestión cultural creer que el que está acá adentro no puede salir. Y la gente lo primero que dice es que no se los cuida.

La locura genera miedo, genera idea de peligrosidad frente a alguien que se comporta de una manera que desconocemos. No hay posibilidad de alivio del sufrimiento mental sino hay inclusión.

Puertas a la muerte

Evidentemente, las muertes de María Susana Díaz y Dolli Patricia Farías no fueron casuales. Para ambas mujeres, las puertas abiertas significaron el camino a la muerte porque nadie advirtió su salida.

Muchos son los interrogantes en torno al concepto de puertas abiertas, entre ellos cómo pudo haber pasado que el paciente inimputable que violó a otro haya estado deambulando por la ciudad durante 48 horas si estaba a disposición de la Justicia o que los pacientes salgan de la institución fuera del marco de las salidas terapéuticas que establece la ley sin autorización.

Estos interrogantes, bajo ningún punto de vista, sugieren el regreso de las lógicas manicomiales pero sí que en la actualidad, como están planteadas desde la práctica, las puertas abiertas pueden conducir a la muerte.

(El Litoral)

Fuente: SM
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