El jueves pasado, en la parroquia baleada en barrio Larrea se dio misa con guardia de gendarmes.
Trabaja junto a organizaciones de base para abrir cuatro nuevos centros de vida en los barrios y evitar que los pibes se vuelvan adictos.

 

A una semana del ataque a balazos contra una parroquia de barrio Larrea por parte de narcos que le disputan territorio a los sacerdotes, la Iglesia redobló la apuesta. Junto a otras organizaciones de base, ya planea abrir otros cuatro centros de vida en sectores vulnerables de Rosario para brindar contención a los jóvenes, que suelen caer en las redes del narcotráfico.

Así lo confirmó ayer a La Capital el referente de la Pastoral de Drogadependencia de la arquidiócesis de Rosario, Fabián Belay.

El sacerdote evitó dar precisiones sobre los barrios en los que se asentarán estos centros de vida para no generar falsas expectativas, al tiempo que detalló que están trabajando con todos los estamentos del Estado para poder lograr la financiación.

Belay destacó que la Iglesia Católica no está sola en esta cruzada. Trabajando codo a codo para lograr que los pibes no caigan en las adicciones también se alistan agrupaciones como el Movimiento Evita, la Corriente Clasista y Combativa (CCC) y el Movimiento Dignidad.

“Hay mucha gente comprometida y sacerdotes que se están involucrando en esta problemática, y en las parroquias de los barrios surge el pedido de apertura de más centros de vida”, aseguró Belay.

Se trata de espacios de encuentro que tienen por objetivo llevar a territorio dispositivos que brinden “contención espiritual, profesional y fraterna tendiente a la rehabilitación y reinserción de personas vulnerables social, cultural y espiritualmente”.

Uno de estos espacios funcionaba en la órbita de la parroquia María Reina y tuvo que cerrar, según admitieron las fuentes consultadas, por presión de las bandas narco que operan en la zona. “Agarraban a los pibes y los amenazaban para que no vinieran más a los talleres que se daban ahí”, admitió un joven que camina a diario el barrio de la zona noroeste y conoce a la perfección cómo el trabajo social de los sacerdotes interfería en la dinámica de las bandas de narcomenudeo que abastecen a los búnkers de ese sector de la ciudad.

El punto más álgido se vivió la madrugada del domingo 23 de septiembre, cuando más de una decena de proyectiles rompieron los vidrios y llegaron hasta el altar de la moderna parroquia con techo de hormigón situada en México 1045.

El camino

Si bien ese centro de vida no se reabrió, y al menos por ahora no lo hará, sí se sumarán cuatro nuevos a los siete que Comunidad Padre Misericordioso tiene distribuidos por toda la ciudad (ver infografía), que se complementan con centros de niñez, un hogar de internación para personas con problemas de adicciones y un centro de día en el que se brinda tratamiento ambulatorio.

“Nosotros estamos convencidos de que el camino es por ahí. Hay que abrir más centros de vida. Lo pide la gente en las parroquias y no dudamos de que los jóvenes en los barrios tienen que tener una alternativa a lo que es la violencia y el consumo”, subrayó Belay.

El sacerdote destacó que en los centros de vida “los jóvenes tienen la posibilidad de aprender un oficio y muchos empiezan un tratamiento para abordar su adicción”.

Precisamente ese punto es el que habría molestado a los narcos que hace una semana dispararon contra la parroquia y la escuela que está situada enfrente, en barrio Larrea.

El jueves pasado, más de 300 personas se congregaron allí en lo que se denominó la “Misa por la paz”. Desde el altar en el que se veían los impactos de bala, el arzobispo de Rosario, Eduardo Martín, lanzó una dura crítica a las autoridades. “Ellos son quienes deben dar paz a la población, y nosotros hace mucho que no tenemos. En los barrios hay muertos a diario, armas y el dinero negro corre a raudales”, les dijo a los vecinos que conocían perfectamente la coyuntura que describió el prelado.

Ahora, todo indica que los sacerdotes y las organizaciones políticas de base lejos están de bajar los brazos ante la escalada narco.