Lago Anjikuni, Canadá
En el invierno de 1930, un extraño fenómeno ocurrió con una pequeña población de la etnia inuit (esquimales) a orillas del lago Anjikuni. O deberíamos decir “habría ocurrido”, porque aunque en principio hubo una investigación, años más tarde la policía negó los hechos.

La historia fue publicada por primera vez el 27 de noviembre de 1930 en The Danville Bee, un periódico del norte, por el periodista Emmett E. Kelleher. Contaba que, un día de noviembre, el trampero y vendedor de pieles Joe Labelle llegó a pie a la aldea junto al lago y encontró todo extrañamente silencioso: no había nadie. Vio botes y kayaks amarrados a la orilla, rifles apoyados en las paredes de las tiendas -ningún esquimal saldría sin su rifle- y ollas con comida mohosa sobre fuegos apagados. Como si de un momento a otro todos hubiesen huido precipitadamente.

Labelle envió un mensaje al cuartel general de la Real Policía Montada de Canadá, y se inició una intensa búsqueda que nunca dio con los habitantes de la aldea. Pero sí con extrañísimas situaciones. Por ejemplo, encontró a los perros de los trineos enterrados bajo más de un metro de nieve: habían muerto de hambre. Y más de un sepulcro del cementerio estaba abierto y vacío.

La investigación se extendió a todo el país y continuó por varios años. Pero lo único que algunos relacionaron con el hecho fue la versión de un cazador, Arnaud Laurent, y su hijo, quienes dijeron que la noche anterior a la desaparición habían visto un “extraño destello” en el cielo, que parecía dirigirse hacia el lago Anjikuni. Lo describieron como una extraña luz que por momentos cambiaba de forma.

Más tarde, e incluso hoy, la Real Policía Montada niega en su web que esta historia sea verdad. E incluso que una aldea con una población importante hubiese podido existir en un área tan alejada en los territorios del noroeste. Sin embargo, en una carta enviada por la propia policía en la época de los hechos al periódico “The Toronto Daily Star” confirmaba la desaparición de aquellos habitantes.

Teotihuacán, México

Es una de las principales zonas arqueológicas de México y una de las más espectaculares, con la Calzada de los Muertos y las pirámides del Sol y de la Luna. Es un sitio muy visitado por turistas, y cientos de guías lo recorren cada día explicando sobre cómo era la vida en él. Sin embargo, el origen de Teotihuacán, y la civilización que construyó esta gran ciudad, siguen siendo un misterio.

Ubicada 50 km al norte de Ciudad de México, su nombre significa “lugar donde fueron hechos los dioses”, pero ese fue el nombre con el que la bautizaron los antiguos mexicas, quienes descubrieron la ciudad ya abandonada. Se estima que su apogeo había sido unos 1.000 años antes, entre los siglos I y VII.

Lo que no se sabe es qué nombre le dieron sus fundadores o pobladores originales, y mucho menos, quiénes eran. Según el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), las construcciones en la zona se iniciaron alrededor del 1.200 aC, y entre los siglo I y VII la ciudad, que llegó a ser uno de los centros urbanos más grandes de América, contaba con al menos 25.000 habitantes.

Por estar en una zona comercial y social, tuvo un constante flujo de migrantes de otras regiones de México, razón por la cual se encontraron rastros de distintas culturas. Pero qué civilización fundó y habitó la ciudad durante su periodo de apogeo sigue siendo un misterio.

Valle de Hessdalen, Noruega

En 1981, algunos habitantes de un pequeño pueblo de nombre Hessdalen, en el centro de Noruega, empezaron a reportar el avistamiento de extrañas luces sobre el valle donde se ubica la localidad. Dijeron que se veían mucho mejor desde la ladera norte del valle, mirando hacia el sur, y que siempre tenían un tono amarillo o blanco, que aparecían en distintos sitios, adoptaban formas variadas y se movían a distintas velocidades.

Desde entonces han sido registradas y estudiadas incluso por físicos. Algunos aseguran que se trata de reflejos de faros de autos de una ruta cercana; otros, de luces de aviones por rutas aéreas que cruzan el valle. Pero también se habló de objetos celestes, fenómenos paranormales y, por supuesto, OVNIS.

En 1983 nació el “Proyecto Hessdalen”, liderado por un investigador de OVNIs. Instalaron una estación automática con cámaras ópticas, infrarrojas, magnetómetros, sismógrafo y un contador Geiger. Pero no llegaron a ninguna conclusión sobre su causa.

En el año 2000, científicos del Instituto de Radioastronomía de Bolonia, Italia, realizaron un estudio y dieron algunos datos: que el efecto luminoso se debía a “plasma térmico”, que las esferas luminosas no eran objetos únicos sino que estaban compuestos por múltiples objetos más pequeños vibrando en torno a un punto único; que las bolas de luz cambiaban de forma constantemente y podían expeler partículas luminosas, y que el incremento de luminosidad de las esferas se debía al aumento de la superficie emisora de luz.

Otra posible explicación habla de la combustión de nubes de polvo que contienen escandio, uno de los elementos químicos pertenecientes a las llamadas “tierras raras” que hay en el suelo del valle. Habrá que ir a Hessdalen para verlas con los propios ojos.

Kimberley, Australia

Kimberley es una zona muy poco poblada y con paisajes desérticos y rojizos en el noroeste de Australia. Allí, en 1938, el explorador George Grey hizo un descubrimiento que lo dejó perplejo: halló varias pinturas rupestres que representaban seres antropomorfos de rostros blancos, sin boca, con ojos grandes y negros y una cabeza rodeada de una especie de aureola luminosa o algún tipo de casco, como si se tratara de astronautas.

Para muchos, estos retratos hablan de la interacción entre visitantes de otros mundos y seres humanos primitivos.

Luego, otras figuras similares fueron halladas luego en pliegues y cuevas de la montaña sagrada de Uluru, en el corazón del desierto australiano. Los aborígenes los llaman wandjinas, y aseguran que las pinturas fueron hechas por los propios seres representados cuando descendieron a la Tierra, en tiempos “muy antiguos”.

Para ellos se trata de seres espirituales supremos y creadores de la Tierra y de las personas, y citan una antigua leyenda que habla de duros combates que se produjeron en distintos sitios de Australia entre el Dios de la Tierra y el Dios del Sol, que llegó del cielo en una nave. Es una de las leyendas más intrigantes y desconcertantes de los aborígenes, y un misterio que no ha podido ser explicado.

Delta del Diquís, Costa Rica

En 2014, la Unesco eligió el conjunto de asentamientos precolombinos con esferas de piedra de Diquís como Patrimonio de la Humanidad. Y el mismo año, la Asamblea Legislativa de Costa Rica las declaró símbolo nacional del país. Pero lo cierto es que no se sabe quiénes hicieron estas esferas de piedra, ni cómo las lograron con tanta perfección.

Las esferas de piedra o esferas de Diquís (porque se hallaron en el Delta del río Diquís) se consideran la manifestación artística por excelencia de la escultura precolombina costarricense. Las más pequeñas tienen un diámetro de 10 centímetros; las más grandes llegan a casi 2,6 metros y pesan más de 16 toneladas.

Desde el principio, además de la cantidad y su tamaño y perfección, llamaron la atención el fino acabado de sus superficies y el hallazgo de conjuntos de esferas que aparentemente formaban alineaciones o figuras geométricas.

Se estima que fueron ubicadas por los indígenas de la zona entre el 300 aC y el 300 dC, pero el trabajo escultórico aún no ha podido ser datado científicamente. Y fueron encontradas recién en 1939, cuando la empresa United Fruit comenzó a deforestar parte de la selva para plantar bananos. Y desde entonces son un misterio, aunque se les atribuyeron distintos significados; desde teorías esotéricas y relación con extraterrestres a símbolos de rango, jardines astronómicos o un significado mítico religioso que se relaciona con Tlachque, dios del trueno, y dioses del viento y los huracanes (serkes) de la mitología talamanqueña.

También se ha llegado a afirmar que fueron hechas por descendientes de la mítica Atlántida, de que en el centro tienen una semilla de café, de que formarían parte de ejes energéticos complementarios a Nazca y la isla de Pascua, etc., etc.

Las teorías más aceptadas dicen que demarcaron “jardines astronómicos” que funcionaban como calendarios agrícolas, o que servían para establecer el rango social dentro de la tribu. Pero también hay muchos que las cuestionan. Se pueden ver en el Museo Finca 6, dependiente del Museo Nacional de Costa Rica.

Isla Yonaguni, Japón

Son muchos los científicos que afirman que sólo son formaciones naturales en el fondo del mar cerca de la isla de Yonaguni, en el extremo sur de Japón, muy cerca de Taiwán. Pero también son varios los que aseguran que se trata en verdad de una enorme antigua ciudad sumergida, y que la forma, acabado y pulido de muchas de esas estructuras evidencian el trabajo del hombre.

El principal defensor de esta teoría es el Dr. Masaaki Kimura, geólogo marino de la Universidad de Ryukyu, quien ha buceado en la zona durante casi 20 años, mapeando y midiendo el “Monumento Yonaguni”, como se lo ha llamado.

Kimura asegura que se trata de una gran red de construcciones que incluye castillos, monumentos y un estadio, todo conectado por un sistema de carreteras y vías fluviales. Se señala que lo más probable es todo haya quedado sumergido luego de un gran desastre, como un terremoto y posterior tsunami; lo cual no parece para nada imposible, considerando que Japón se ubica en plena región del “Cinturón de fuego” del Pacífico.

Con los años, el científico ha creado una imagen bastante detallada del lugar, y destaca numerosas similitudes con sitios arqueológicos en tierra. Por ejemplo, un recorte semicircular en una plataforma de roca, que coincidiría con una entrada de un castillo como el de Nakagusuku, en Okinawa.

También dos piedras erguidas en forma de enormes megalitos de 6 metros de alto, situados en posición vertical junto a otra pirámide, en los que también señala parecidos con megalitos como el de Monte Nabeyama, en la prefectura de Gifu. Otro hallazgo es el de una enorme piedra redondeada que se asemeja a un rostro humano, a la manera de los moai de la Isla de Pascua.

Luego del terremoto que destruyó partes de la isla y el monumento en 1998, se descubrieron estructuras que no habían sido vistas, con una forma similar a la de los los Zigurats de la antigua Mesopotamia.