Chiara tenía 14 años cuando fue brutalmente asesinada por su novio. Estaba embarazada de 3 meses. Hoy su mamá Verónica Camargo está de vigilia en una parroquia en Rufino. Y su hermana Romina Páez está en el Congreso con un pañuelo verde. Ambas le cuentan a Infobae cómo se vive la discusión sobre el aborto en el seno de una familia que sufrió un femicidio que derivó en el colectivo feminista.

A Chiara Páez la mató su novio Manuel Mansilla, a golpes. Tenía 14 años y un embarazo de tres meses. La vieron por última vez el 10 de mayo de 2015, cerca de la dos de la madrugada en las inmediaciones de la Escuela Técnica N° 286, en Rufino, provincia de Santa Fe. Iba a encontrarse con amigas: nunca llegó.

Encontraron su cuerpo enterrado en la casa del abuelo de su novio. Su asesinato y la brutalidad del caso inspiró el nacimiento de un movimiento que nombró, visibilizó y unió la consigna de una comunidad de mujeres: fue el gen de #NiUnaMenos.

El femicidio de Chiara valió el nacimiento de un colectivo feminista que expuso un drama social. El 3 de junio, semanas después del crimen de la joven, hubo desborde popular en las calles argentinas. El eco se propagó rápido y canalizó la furia y el deseo de miles de mujeres de ser escuchadas.

Las masivas marchas sirvieron para gritar “basta” y para evidenciar sobre una realidad solapada: 286 femicidios en 2015 respaldaban el reclamo de justicia y el grito de conciencia.

Pasaron más de tres años. Romina está con Clara y Guadalupe en las inmediaciones del Congreso. Llegaron de Rufino, Santa Fe, con la expectativa de ser parte de un día histórico.

Romina es la hermana de Chiara Páez, tiene 21 años y convicciones que defender. “Vengo a luchar por la legalización del aborto porque es un tema de salud pública. Creo que es un derecho indispensable, nadie nos puede obligar a ser madres ni tomar decisiones privadas por nosotras”, opina.

Romina es una más de un colectivo feminista que vive a la expectativa de la sanción de una ley que asegura “es una cuestión de justicia social”. Se comprime entre la multitud y se desprende del núcleo de la movilización para hablar sobre una lucha que enfrenta ideologías en el seno de su familia.

Para ella, “darle continuidad a un embarazo no deseado es una forma de violencia”. “Tiene que ser ley, pero si no lo va a ser hoy, lo será después. No nos vamos a mover de la calle”, avisa.

En Rufino está Verónica Camargo, quien también vive hoy una jornada convulsionada. Está en la parroquia y se hace un hueco para atender el llamado de Infobae. Verónica es la mamá de Chiara y de Romina. Su posición también es irreversible: está en contra de la despenalización del aborto.

“Defiendo y estoy a favor de toda vida. No somos quiénes para decidir sobre la vida de nadie”

“Por una cuestión de ideología o de creencias, a veces nos creemos con derecho a opinar sobre las decisiones de otros. No hablo desde la medicina o desde la justicia, hablo desde lo que me tocó pasar como mamá. Cuando son adolescente y quedás embarazada, tu vida irremediablemente va a cambiar. Pero si hay una familia que lo apoya, si tiene contención, ese niño puede nacer sano y en paz. Yo iba a acompañar a mi hija para que tomara la decisión que quisiera. Pero no le permitieron decidir libremente”, dice.

En la autopsia de su hija Chiara los peritos descubrieron que cursaba un embarazo de ocho semanas y restos de Oxaprost, un antiinflamatorio utilizado para abortar.

Verónica convive con Romina y el recuerdo de Chiara. “Con Romi somos totalmente diferentes, tal vez con Chiara no, con ella pensábamos más bien cosas parecidas”, explica.

Verónica Camargo habló en el debate por la despenalización del aborto en el Congreso en defensa de la anulación del proyecto de ley

“Hablamos en casa sobre el aborto. Es un tema difícil. A veces Romi se va con su fervor de joven y yo intento conciliar. Su postura puede nacer desde el dolor, es probable que se mezclen las cuestiones. Pero lo tratamos y lo hacemos con respeto, cada una defendiendo una postura”.

Lo mismo dice Romina: “En mi familia se habla sobre el aborto pero se respeta cada posición. Mi mamá está en contra y me respeta, como yo la respeto a ella. Pero sí, tenemos ideas muy, muy distintas. Ni ella va a cambiar mi postura ni yo la de ella”.

“Si Romina quisiera abortar, yo la acompañaría, pero por supuesto primero trataría de hablar para que no lo hiciera. Es mi hija y no la puedo dejar de lado. Así como acepto que piense totalmente diferente a mí, siempre la eduqué para que pudiera decidir sobre ella misma”, responde Verónica.

Romina Páez -junto a Marcela Ojeda, la periodista que impulsó el #NiUnaMenos

La mamá fue una de las disertantes en la última jornada del debate por la despenalización del aborto en el Congreso. “Fue un honor, no me sentía una persona capacitada desde el punto de vista académico, pero sí podía hablar desde mi experiencia personal”, describe.

En su presentación pidió defender las dos vidas y todas las vidas: “Los problemas deben solucionarse por sus verdaderas causas: educación, tratar la pobreza, la salud pública, un buen sistema judicial que ponga penas severas en casos de abuso y maltrato. Y también las familias debemos ocuparnos. El camino siempre tiene que ser la paz. Y cuando hay un crimen horrendo, tiene que haber justicia. Lo que no significa la muerte del asesino. Porque la vida debe respetarse siempre, incluso las de los que mataron a mi hija”.

Y desde su concepción, el colectivo #NiUnaMenos ya no la representa. Tras la muerte de su hija, sintió el respaldo de una población que luchaba por la igualdad de género y de derechos. Pero desde 2016 ya no se siente parte.

“A mí me gusta reclamar derechos en paz, sin violencia. Yo quiero justicia para mi hija pero nunca fui a romper la casa de sus asesinos. Y eso que estuve a muy pocos pasos de ellos”, argumenta.

Desaprueba los hechos de violencia que -dice- ocurrieron y su utilización para la “reivindicación del aborto”, un tema espeso que en su casa concluye en discusiones con ejercicio del respeto y el recuerdo.