Tuve la oportunidad de viajar a ver este encuentro histórico entre nuestro querido Colón de Santa Fe y el gran Sao Paulo de Brasil.

Dicen que fuimos 5000, otros hablan de 6 y pronto se hablará de 10, como pasa siempre con las leyendas, que agrandan con el tiempo a sus personajes y los transforman en épicos. La verdad es que estaban los que tenían que estar. Los que encontraron la excusa perfecta, los que se gastaron sus ahorros y los que todavía deben el viaje y con gusto lo van a pagar. Con gusto porque se logró más de lo esperado.

Algunos en colectivos, con treinta horas de viaje. Otros en autos o en aviones, haciendo mil escalas para llegar. En todos lados había un hincha de Colón. Con sus camisetas, buzos, camperas, gorro, bandera y vincha. Expectantes de lo que pueda pasar tanto en lo deportivo como en todo lo que conlleva un partido de fútbol.

La organización brasilera fue impecable, el trato de la policía muy respetuoso y los hinchas paulistas con muy buena predisposición. Vale destacar el trabajo del Cónsul de Argentina Marcelo Yrigoyen quien tuvo la atención de estar con los argentinos para responder cada consulta y coordinar los tiempos de ingreso al estadio.

El Morumbí es muy similar en apariencia al Estadio Brigadier Estanislao López, salvando la diferencia de tamaño, ya que puede albergar el doble de espectadores. Tal vez me dio esa sensación porque estaba pintado de los mismos colores que el estadio de Barrio Centenario. Lo cierto es que los hinchas de Colón estaban cómodos, cantando todo el tiempo generando un pequeño pero amistoso duelo de cánticos con los brazucas. Hasta que aparecieron los tambores brasileros, una macumba que generaba un efecto de hipnosis que por momentos lograba meterte en su ritmo. Efecto que desaparecía cuando los colonistas se encontraban unidos en un ritmo propio que inspiraba a los jugadores a sentirse un poco locales, rompiendo todo gualicho.

La verdad es que el equipo santafesino dijo presente en Brasil, se los notaba concentrados y con idea de juego, “poniendo huevos” como les pide su hinchada. Y se plantó mano a mano contra el cuco brasilero.

“TROPESO INESPERADO” titularon los periódicos de Brasil. “Sao Paulo domina o jogo, mas sofre um gol no segundo tempo e acaba derrotado pelos argentinos”. El juego preferido del brujo Domínguez, defender hasta que llegue el momento exacto para atacar. Y el encargado de clavar la lanza fue Matías Fritzler con un zapatazo desde afuera del área que se desvia en un jugador del tricolor y se mete en el ángulo, donde el arquero no llega. Y la hinchada sabalera deliró. Se gritó en Sao Paulo, en Santa Fe, en cada lugar del mundo donde habita un sabalero. Lo gritaron los 62 varados que no llegaron a la cancha. Lo gritó el hincha del video viral. Lo gritaron desde algún lugar nuestros abuelos que nos hicieron colonistas. En toda Sudamérica es escuchó el grito sagrado. El único que no lo gritó fue el técnico Domínguez, que no perdió el tiempo y se puso a dar ordenes sin perder un segundo de concentración.

Quedaban 10 minutos más los 6 adicionados. Y fueron los jugadores los que supieron frenar el partido. Demorarlo, generar una expulsión y finalmente ganarlo.

Ocurrió el milagro y los miles de corazones rojo y negro galopaban de alegría soltando en abrazos y gritos la euforia contenida.

Quedaba la vuelta, pero esas imágenes van a ser imborrables, para contarle a nuestros nietos que un día llegó Colón y conquistó el Morumbí, una misión que parecía imposible para los argentinos.

Por Martín Ferratto