“Sílaba a sílaba, comparto el gineceo / de las palabras que me aman. / Un mujerío que teje/desteje como Safo / mi inconcluso diccionario perplejo”. Así definía su vocación Esteban Peicovich en el “currículum” de su sitio web. El reconocido periodista y poeta falleció este jueves a los 88 años.

Peicovich nació en 1930. A los 12 años, entró a trabajar como pesador de carne en un frigorífico de La Plata. 16 años después, ingresaba como periodista a Clarín, donde fue redactor, columnista y crítico de cine, y en 1963 recibió por sus notas el Premio Nacional Kraft al mejor periodista de diarios.

De allí pasó a la mítica “La Razón” que dirigía Félix Laiño, donde fue secretario de redacción. En 1965 hizo sus recordadas cuatro entrevistas a Juan Domingo Perón, las primeras que el ex presidente concedió en 10 años de exilio.

Fue entonces cuando un joven Peicovich se encuentra con el viejo Perón exiliado: hubo asados, esgrima, paseos por el jardín, definiciones políticas y revelaciones personales. Eso se volcó en el libro “Hola Perón”, publicado ese mismo año.

Entre 1974 y 1988 vivió en Madrid y fue corresponsal de diversos medios de Argentina y España.

En esos años, el poeta/periodista volvió a zambullirse en la figura de Perón. Ávido de historias, esas que solía relatar con elegancia en cada asado que se lo encontraba (con una copita de Malbec en mano y acompañado por su amor Victoria), buscó conocer más sobre los secreto del último tramos de la vida del líder político.

Entrevistó personas, indagó en sus memorias, se cansó de leer papeles y toda información privada que podía servirle para entender el personaje histórico, más allá de los sabido.

En 1975, tras ese trabajo, publicó “El último Perón”, que luego fue reeditado en “El ocaso de Perón” (Editorial Marea).

─Yo no debo juzgar un libro que se escribe sobre mí, pero me gusta. Escribir sobre Perón no ha de ser difícil, porque yo tampoco soy difícil. Refleja un personaje como me gusta ser: un humilde que, por el oficio que ha elegido, debe ser un poco ‘Padre Eterno’─le escribió Perón en una carta que le envió el general tras la salida de “Hola Perón”.

Peicovich también compartió mucho tiempo con Jorge Luis Borges. Entre poetas y escritores se entendían. “Borges, el palabrista” contiene gran parte de esos diálogos hermosos.

“De la poesía a la necesidad elemental sólo hay un paso. Borges de pronto dirá la frase que todo periodista cultural que se precie le habrá escuchado alguna vez”, escribió Peicovich al plasmar una anécdota surrealista que le tocó vivir con él.

─Por favor, ¿me puede acompañar al baño? ─le pidió, ya ciego, el escritor.

“Y sí. Lo ayudé a alzarse y lo fui guiando al cuarto de baño, un espacio clásico, inglés, dotado también de mingitorio vertical, dos gateras de mármol. Hasta allí lo acerco y lo embalso. Él, que ya conocía el lugar, tantea con el brazo izquierdo la pared, se apoya y luego con la derecha se va abriendo la bragueta con lentitud”, recordó.

─ Usted tranquilo, Borges, estoy aquí cerca, tómese su tiempo ─le dice Peicovich a Borges, ya unos pasos más atrás, pero cerca, atento a una posible caída.

“Es la espontánea boludez que dicta la ocasión: la boludez cortés”, acotó en su texto el poeta. Pero luego el diálogo, lejos de cortarse, siguió.

─Dígame, Peicovich ¿Usted sabe algo de John Birch?

Peicovich explicó que “seducido, tratando de no mostrar una grieta ante el máximo gurú” hizo “la gran argentina”.

—Algo he visto por ahí, pero todavía no lo leí… Creo que es alguien que… ¿Qué escribió?

Fue entonces cuando Borges lo frenó.

─No, m’hijo. John Birch es como le dicen los ingleses a la pija. Y Lady Jane le dicen a la concha ─ soltó Borges, apelando a un lenguaje bien gráfico.

La carcajada de Peicovich se “escuchó en Portugal”, ilustró él, que enseñaba que nunca había que dejar de leer a Borges.

A su regreso al país, Peicovich tuvo innumerables trabajos: fue columnista en programas de TV y radio, y también escribió “La semana”, una columna en la que recopilaba todos los sucesos de los últimos 7 días con esa fina ironía suya.

Primero salió en el diario La Nación entre 1995 y 2008, y desde 2009 la continuó en Perfil.com. Además, conducía “Los palabristas”, por radio Nacional, porque la radio era otra de sus pasiones.

Allí ponía al aire sus charlas con grandes personalidades de la cultura

Peicovich escribió 16 libros de periodismo, literatura y poesía. El ya nombrado “Hola Perón” (que reunían esas charlas en Puerta de Hierro), “La bañera azul”, “Borges, el palabrista”, “Así nos fue” y “Poemas plagiados”, entre otros.

En 2014, la Legislatura porteña lo declaró “Personalidad Destacada de la Cultura”. “Es de agradecidos agradecer”, fueron las primeras palabras de su discurso, en el que recordó a su madre, a su padre, colegas y a su compañera, Victoria.

Apasionado de la tecnología, siempre quería saber más sobre los últimos lanzamientos tech y era un tuitero de la primera hora. Cuando la red social era poco conocida en Argentina, en 2007, Peicovich creó su cuenta @epeicovich, en la que difundía palabras de los grandes autores y pensadores.

La palabra literaria mas larga aparece en una obra de Aristóteles: tiene 170 letras. Otra, de 100, está en el Ulises de Joyce y describe el sonido del agua al caer.

A sus 88 años, hasta que la salud se lo permitió, la Mac era parte de su mundo. Allí saltaba con la alegría de un chico que juega aprendiendo a usar la computadora: scrolleaba en los posteos de Facebook y se mataba de risa con lo que publicaban en Twitter.

En la memoria de esa máquina (o en la nube digital) también dejó varios libros sin terminar y otros proyectos a medio empezar, porque Peicovich todo el tiempo estaba haciendo algo.

Artista de la palabra y la oralidad, también digitalizaba sus fotos de niño para tener un archivo digital de todo. Subía esas imágenes a su cuenta de Flickr, como la foto en la que se lo ve serio en el segundo grado “B” de la escuela 35 en el año 1938.

Peicovich (márgen superior derecho de la foto) en el segundo grado “B”, de la escuela 35.
Peicovich (márgen superior derecho de la foto) en el segundo grado “B”, de la escuela 35.

Hasta pineaba sus imágenes favoritas en Pinterest donde disfrutaba armando carpetas.

Siempre contaba una anécdota de cuando su madre cumplió 100 años y él le llevó su iPad (que lo tenía fascinado) para mostrárselo. Cuando la pantalla se iluminó, la mujer con un siglo de vivencias.

─Es el invento más increíble que vi en los últimos 100 años ─ le dijo la cumpleañera, que lo dejó sin palabras, emocionado y risueño, como se ponía cada vez que recordaba esa charla.

Uno de sus últimos libros fue “Poemas plagiados”, obra en la que el fallecido periodista, hasta en las más insólitas oraciones, encontraba la belleza de la poesía. En su prólogo de la última edición, el escritor español Manuel Vicent habla de Peicovich y el Edén:

“Imagino a Esteban Peicovich en la primera caravana caminando hacia el este del Edén. Probablemente había sido expulsado del paraíso como todos los que presumen de ser mortales.

​En el paraíso Esteban había ejercido el oficio de palabrista desafiando el poder de Dios: con las palabras creaba las cosas. Iba por en medio de la floresta pensando la palabra serpiente y de pronto un reptil le salía al paso; otras veces unía al azar varias letras que formaban un león y entonces el león que aun no había conocido la fiereza le lamía los pies. Todos los árboles, plantas, ríos, cascadas, fueron nombrados por los palabristas en el paraíso pero Dios previamente se había reservado la palabra barro y con ella creo a un ser culpable que tuvo mucha descendencia.

Cuando Esteban Peicovich caminaba hacia el este del Edén, antes que nada se encontró con el silencio. El desierto de arena era este silencio y en el solo se veían huellas de pies descalzos de otros fugitivos que le precedieron. En los infinitos cruces de caminos en la arena a veces también aparecía la figura de un cero trazado con un dedo en la arena junto a un dado que era la brújula de aquel tiempo. Por medio de uno de estos dados Esteban Peicovich se oriento hacia un lugar que no era un espacio físico sino solo una ciudad que Caín había construido con palabras heréticas, heterodoxas, marginales. Se llamaba Babel y todos sus habitantes se dedicaban solo a hablar, a forjar cuchillos, a tocar variados instrumentos de música, creando con ellos otros sonidos que introducían en el interior de las palabras formando sus ritmos. Babel solo se regia por una ley: las palabras eran propiedad de todos. El genio consistía en repetirlas con amor, aunque otro las hubiera inventado. En eso consistía el desafío que Caín planteo y por eso fue castigado y no obstante profundamente respetado por Dios.

Como uno de aquellos viajeros al Este del Edén ahora Esteban Peicovich nos recuerda que las palabras son un acervo común. Cada una de ellas constituye el adobe con el que se construye la torre interior que nos mantiene en pie. No somos sino un sueno de palabras, el eco de tu nombre que suena en el valle de arena. Junto al nombre hay un cero. Junto al cero hay un dado. Tal vez ambos elementos están depositados en un cruce de calles de Manhattan al pie de un cubo de basura donde un mendigo toca el saxofón. Su melodía también nos pertenece. Con ella se ha construido Nueva York o Buenos Aires o cualquiera de nosotros.

Peicovich será velado este viernes desde las 13.30 hasta las 22 en Malabia 1662, sala B. La cremación será el sábado a las 9.30 en el Cementerio de la Chacarita.