Cerca de la medía noche del viernes los celulares explotaban con videos de un voraz incendio declarado en una cinta de embarque del muelle de la empresa Cargill, la situación generó pánico entre los familiares de los empleados recordando la trágica explosión en la empresa Cofco de hace pocos meses, es por ello que decenas tomaron la decisión de acercarse a los portones de la planta para saber por el estado de salud de sus seres queridos.

La seguridad en los monstruos agroexportadores se instaló en la agenda publica como un reguero de pólvora, motorizada por la secuencia de tragedias que envuelven al sector y acompañado por la falta de comunicación que la industria tiene como política desde que eran pequeños actores de la economía nacional.

Hoy convertidos en el motor de los ingresos de riquezas del país, fruto del proceso industrial de agregado de valor a productos primarios derivados del campo, como el caso de las empresas instaladas en la región que convierten el poroto de soja en aceite, subproducto (proteína vegetal clave para el alimento de cerdos, aves y vacas en todo el mundo) y biocombustibles. Todos los jugadores tienen inversiones millonarias en sus complejos fabriles, con gigantescos presupuestos asignados a la seguridad de sus trabajadores, este último punto es hoy el más controversial producto de la nula comunicación que las empresas tienen (con honrosas excepciones) con las comunidades que las rodean, curiosamente es donde viven los trabajadores y sus familias.

Un medio lanzó una encuesta el día de ayer, en la que participaron 610 personas de la región, quienes consideraron en un 78% de los casos que las empresas agroexportadoras no invierten en seguridad laboral, tan solo un 22% avaló las políticas de las compañías. Estos números son un llamado de atención que no deberán dejar pasar por alto en virtud de consolidar el contrato social empresas – sociedad.

El sector tendría que comenzar a debatir internamente planes integrales de comunicación focalizados en llevar tranquilidad a familiares de los trabajadores y vecinos de los complejos que viven atemorizados producto en muchos casos de desconocer la dinámica de la actividad