Como cada 21 de marzo, el día que empieza oficialmente la primavera en el hemisferio norte (y el otoño en el sur), una multitud se congrega en torno a la más importante de las ruinas mayas de la Península de Yucatán, en México: El Castillo de Chichén Itzá. ¿Por qué? Porque durante el equinoccio de primavera se produce “el descenso” del dios Kukulkán o serpiente emplumada por las escalinatas de la gran pirámide.

Chichén Itzá se encuentra a 120 km de Mérida y 180 km de Playa del Carmen y fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988 y Maravilla del Mundo en 2007. Este lugar no sólo sobresalió como centro cultural y político de la vieja civilización maya sino que fue uno de los asentamientos más extensos del centro-norte de la península, llegando a ser la ciudad más poderosa de Yucatán y a abarcar 25 kilómetros cuadrados.

Cuando está por comenzar el equinoccio solar llegan personas de todo el mundo a la legendaria ciudad maya, para presenciar el fenómeno arqueo-astronómico, es decir, el momento en que la Tierra es iluminada por el sol de igual forma en el hemisferio norte y en el sur.

En el equinoccio de primavera (el fenómeno se repite el 22 de septiembre, para el equinoccio de otoño), el sol se posiciona perpendicular respecto de la línea del Ecuador, por lo que el día y la noche duran lo mismo en todo el planeta. Pero esa relación es bastante parecida un par de días antes y después del 21.

En esta fecha, los visitantes buscan ubicarse lo más cerca posible de la pirámide varias horas antes de la puesta del sol, para observar la proyección del sol en la escalera norte de la pirámide de Kukulkán durante unos 45 minutos. Se trata de siete triángulos de luz invertidos, como resultado de la sombra que proyectan las nueve plataformas del edificio en el ocaso, creando la apariencia de una serpiente que baja gradualmente por una de las escaleras.

El juego de luces y sombras termina con dos cabezas de serpiente escultóricas, ubicada en la base de la pirámide o Castillo de Kukulkán, que mide 60 metros de cada lado.

Como en realidad es un calendario gigante que demuestra el conocimiento que tenían los mayas de matemática y astronomía, cada fachada o frente de la pirámide tiene una gran escalinata con 91 peldaños de piedra. El conjunto suma 364 gradas y, al añadirle la tierra o plataforma superior, son 365. Como los días del año.

En 1930, gracias a los trabajos arqueológicos realizados en el Castillo, se comprobó la existencia de un edificio piramidal interno, provisto de escalera en la cara septentrional. A semejanza del exterior, el santuario se encuentra asentado en la parte superior y tiene nueve cuerpos decrecientes.

Aunque la pirámide es la estrella del equinoccio, hay mucho para ver en Chichén Itzá. Como el Cenote Sagrado, que era el corazón de las actividades religiosas de toda la zona maya y motivo de culto al dios de la lluvia Chaac, desde el 650 d.C. hasta fines de 1350. De su fondo cenagoso se han extraído objetos de oro, jade, cobre, tela y cestería que -se cree- fueron arrojados como ofrendas ceremoniales.

Son imperdibles la Plaza de las Mil Columnas, el Templo de los Guerreros, el Osario y el Caracol, que era utilizado como observatorio astronómico. Y el imponente Juego de Pelota, claro.

El Juego de Pelota consiste en dos macizos paralelos de unos 90 metros de largo, que dejan sobre sí un espacio libre destinado al juego de cerca de 30 metros, con una plataforma destinada a los espectadores y los anillos labrados que había que embocar.