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“Mingo”, padre del futbolista que tiene el primer Museo del Botín de Argentina, Pablo Mingorance, hoy se apoyó en sus amigos para terminar de darle forma a años de pasión por los autos y quiere a su vez crear una asociación civil. Va por la personería jurídica para darle un marco legal al proyecto.

Viviendo en Melincué, cuando tenía cuatro años, descubrió su pasión por los fierros. Todos los domingos a las 7:50 su abuela lo llamaba para tomar la leche porque a las 8 empezaban las carreras. Su primer recuerdo es de hace 55 años atrás, cuando un 3 de marzo del 63 se mató en una carrera Juan Gálvez. Ese es su primer recuerdo de haber llorado.

A partir de ahí comenzó y sus ideas fueron mutando con el tiempo. Vivió en Buenos Aires y a su regresó se metió en la fiscalizadora de carreras con Matías Savino, hizo periodismo en el Diario “El Alba” y revistas “tuercas” de todo el país. Fue acompañante en Turismo Carretera de “Valdi” Caparrós, corrió en Fórmula 2000 santafesina y ya después, por una promesa a su madre, se bajó de los autos y se dedicó al museo, aprovechando los cuarenta años de experiencia que tenía.

Entre el 2003 y 2004 consiguió el primer auto. Siente un amor especial por los “monopostos”, vehículos diseñados especialmente para competición. Pero en el museo hay piezas únicas del Turismo Carretera, TC, TC 2000, Turismo Nacional y gran cantidad de autos de categorías zonales. La idea es que una vez terminada la obra edilicia (que ya está andando) entre los autos exhibidos y los murales específicos, los visitantes puedan conocer la historia en general del automovilismo argentino. Hoy ya tiene cerca de 60 “cuatro ruedas” que esperan ser exhibidos.

Como característica, busca que todos los vehículos tengan principalmente historia en sus ruedas y belleza, pero no en lo estético, sino que haya tenido valor para alguien. Un amigo, Oscar “Piso” Gerlo le decía que un auto era como una “unidad coronaria”, porque en él está un pedacito del corazón de todos los que trabajaron para lograrlo. Cree que esa es la definición más hermosa que escuchó de un auto de carrera.

Su preferido es el Huayra. Fue diseñado por el ingeniero Heriberto Pronello para la comisión de concesionarias Ford en 1965 y construido en 1969. Participó de una categoría que hubo en Argentina que se llamaba “Sport Prototipo”, piloteado por Carlos Pascualini y Carlos Reutemann, que fueron los primeros pilotos. Es una réplica construida por el ingeniero Cristian Videla en Río III, que hizo dos de esos autos. Uno el que está en Venado y otro, en un museo de Termas de Río Hondo. Original hay solo uno. O sea, solo tres de estos vehículos dan vueltas por el mundo.

También gracias a un amigo de Rafaela, pudieron conseguir un auto de la Mecánica Nacional Fórmula 1, que corrieron desde el 65 en adelante en el óvalo de Rafaela, donde hoy las categorías nacionales no lo hacen por falta de seguridad. El vehículo corrió las 500 millas de Rafaela, una de las pruebas más importantes de la historia santafesina y del monoposto argentino.

En su casa también hay vehículos en escala 1:43, revistas deportivas, ropa, cascos, trofeos, entre otras cosas. Toda la documentación necesaria para contar la historia de un auto con los papeles en mano. El que le gustaría exhibir: el único auto de Venado que salió campeón argentino que fue el de Keni Solian.

Los fundamentos

El “Museo de Fórmulas & TC”, busca rescatar todos esos esfuerzos, mostrar los autos de los grandes constructores, su evolución, su técnica, pero a la par también las obras de los artesanos, los entusiastas, los fanáticos que detrás de una computadora, un torno, una fragua o un volante – en cualquier punto del país – abrazaron con pasión el automovilismo deportivo. Tendrá su lugar en el museo el amplio abanico de categorías nacionales, los grandes ídolos, los pilotos regionales, las carreras, los personajes, las entidades y fundamentalmente un amplísimo muestrario de las categorías zonales, aquellas que fueron y serán formadoras de técnicos, dirigentes, periodistas y pilotos para nuestro automovilismo mayor.

Pretende ser un lugar de encuentro y reconocimiento, de los grandes y los chicos, de ídolos y entusiastas, de fabricantes y artesanos, de profesionales y amateurs, con un objeto final: dejar a la juventud – actual y venideras – el ejemplo de que con trabajo, pasión, fe, esfuerzo, estudio e inventiva, muchas veces con mínimos recursos, se pueden cumplir los sueños.