Por lo mismo, menos: según el informe “Las mujeres en el mundo del trabajo”, publicado por el Ministerio de Trabajo de la Nación a fines del año pasado, la brecha salarial existente en Argentina entre hombres y mujeres, si bien se ha venido reduciendo sostenidamente en los últimos años, aún es del 27%. En otras palabras: ante un trabajo del mismo calibre, un hombre gana ese porcentaje más de lo que gana una mujer. Números de Argentina, pero que podrían ser de muchos otros países del mundo. Participación en el mercado, desocupación y flexibilización, los otros calvarios de las mujeres a la luz de las estadísticas laborales. “La situación de desventaja se manifiesta en muchos indicadores”, dice Norma Sanchís, socióloga especialista en economía y género, y agrega: “Por cada cinco o seis mujeres en la actividad económica, hay entre ocho o nueve hombres. ¿Qué quiere decir esto? Que hay menos mujeres que tienen acceso a ingresos propios. Esto les quita autonomía económica, y las coloca inevitablemente en una situación de dependencia”

Sanchís es directora de la Asociación Lola Mora e integrante de la Red Latinoamericana de Género y Comercio. Es también coautora, junto a Georgina Binstock, de “Trabajo remunerado y empoderamiento económico: significaciones y estrategias de las mujeres en Argentina”, un estudio financiado por el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC), de Canadá, y apoyado por ONU Mujeres. “Las mujeres que logran acceder al mercado laboral luego están expuestas a mayores índices de desocupación”, continúa Sanchís, en diálogo con Infobae. Y además, señala, “una vez que ingresan a algún lugar de trabajo, en general están en situaciones más flexibles y en condiciones de mayor informalidad”.

—¿Siempre fue así?

—No. Las mujeres no hace tanto que quieren ingresar masivamente al trabajo. Hasta mitad del siglo pasado, más o menos, las mujeres se quedaban en su casa, atendiendo a su familia, y los hombres salían a trabajar. Hacia los años 60, 70, los niveles secundarios y universitarios de la educación se empiezan a llenar de mujeres, que luego entran al mercado de trabajo. No todas las mujeres: sobre todo, aquellas que vienen de hogares con mayores ingresos y con mejores niveles educativos. Entonces ingresan en el mercado de trabajo, se posicionan y se produce una revolución, esto de ingresar en el ámbito público de una manera visible y con una presencia tan contundente que se las empieza a ver también en los ámbitos de la política, en los ámbitos sindicales, en los ámbitos de la economía.

—¿Cuáles fueron los principales motivos de ese auge?

—Procesos de urbanización muy fuertes, transformaciones en la economía, cambios en la política –desde el peronismo, por ejemplo- que permitieron la participación de las mujeres en esa actividad. Empezaron a votar. Pero esta revolución de las mujeres que entraron al ámbito público, y al mercado de trabajo no tuvo una contraparte exacta en el ámbito privado. Ahí persistió un modelo donde la familia, la casa, siguieron siendo sobre todo un dominio femenino. El ámbito de la reproducción, del no trabajo, o trabajo no remunerado, porque se hacía por amor. Hay algunos investigadores que lo llaman “la revolución congelada”, porque si bien las mujeres pudieron salir al ámbito público y entrar al mercado de trabajo, no tuvieron un correlato que las compensara en su dedicación a las tareas domésticas y de cuidado de los dependientes de la familia, sobre todo los chicos.

—¿Y qué representa ese trabajo doméstico en la economía?

—Hasta hace no mucho tiempo, jamás se hubiera pensado que ese trabajo doméstico, de cuidado reproductivo, tenía valor económico. No: era un trabajo que se hacía por amor. Lo económico estaba fuera, en el ámbito de lo público. El trabajo reproductivo justamente no era productivo, no producía para el mercado. Sin embargo, desde hace unos años, desde algunos sectores, sobre todo desde la teoría feminista y desde la economía feminista, se empezó a plantear que ese trabajo tiene un valor, y un valor económico. Que no se lo reconozca es una cosa, que no se lo remunere es otra cosa, pero hay un valor –y un valor económico- de ese trabajo, porque sin él no existiría una reproducción de la fuerza de trabajo, no habría producción de seres humanos que puedan seguir funcionando y manteniendo el mercado en funcionamiento, entre otras muchas cosas.

—¿Hasta qué punto la supervivencia de este modelo condiciona a las mujeres que salen a buscar trabajo?

—Un ejemplo: cuando un chico se enferma, por más que padre y madre estén trabajando en simultáneo, es la madre la que suele quedarse, la que se ocupa de la escuela y los deberes escolares, de los controles médicos, etc. Entonces, persiste ese modelo donde las mujeres son las que se hacen cargo de la reproducción y del cuidado de los dependientes de la familia. Y esto las condiciona en su inserción en el mercado de trabajo remunerado en dos sentidos. Por un lado son ellas mismas las que a veces se retraen en su desempeño en el mercado de trabajo, deciden no postular a un puesto de más responsabilidad o de más jerarquía que implique viajes, porque eso no les permitiría conciliar esa tensión que sienten entre la familia y el trabajo remunerado. Pero por otro lado están las instituciones. Las empresas, los empleadores, el mercado: las instituciones que son portadoras de género y que parten de esos prejuicios y preconceptos y siempre van a preferir a un hombre. Entonces, aquí hay una cuestión de distribución muy injusta entre los sexos, desequilibrada, que pone a las mujeres en lugares desventajosos en el mercado de trabajo, peor remuneradas, que hace que trabajen menos horas de las que quisieran trabajar. Todo su desempeño laboral está condicionado por estas construcciones de género, que persisten y que son muy difíciles de modificar.

—La pregunta del millón es cómo salimos de esta situación. Una licencia por paternidad obligatoria, ¿solucionaría esto? ¿La ves viable en Argentina?

—La solución no tiene una sola vía. Podemos clasificarlas en “Tiempo para cuidar” y en “Recursos para cuidar”. Para ambos, se requieren cambios culturales muy fuertes, abarcadores, integrales. En Uruguay, por ejemplo, se está trabajando en un sistema integral, desde el estado mismo, de cuidado de personas dependientes de la familia. Les saca un poco esta responsabilidad que hoy tienen las familias, las mujeres, en el cuidado de los chicos, de los ancianos, de los enfermos. Las licencias son un tema también importante. Estarían incluidas en el “tiempo para cuidar”. Nosotros tenemos en Argentina una cantidad de semanas de licencia obligatoria por maternidad es muy baja. El umbral de OIT es catorce semanas, que la mayoría de los países de América Latina ya las adoptó. Nosotros seguimos con doce semanas.

—¿Y para los hombres?

—Hay recomendaciones generales. En Argentina tenemos dos días. Es cierto que por convenciones colectivas en algunos gremios tienen licencias un poco más amplias, pero la legislación general otorga dos días por licencia de paternidad a los hombres. Es irrisorio. Se recomiendan entre diez o quince días, para que el padre también pueda asumir que hay una nueva persona integrante de la familia. Hay países que han avanzado mucho más, en otras culturas. Yo diría que estamos lejos todavía de eso, de poder tener licencias alternadas padre y madre, optativas, puede quedarse padre y madre, o un tiempo uno y otro tiempo el otro. Los países nórdicos, por ejemplo, han hecho bastantes experiencias. Cuando son optativas, en general, la experiencia dice que tienden a quedarse las mujeres. Hay varios proyectos presentados en la cámara de Diputados. Ojalá pudiéramos tener mínimamente catorce semanas para las mujeres, quince días para los hombres, y también permisos para los hombres para cuando se enferma un hijo, por ejemplo.

—¿O guarderías en los trabajos, por ejemplo?

—Esos ya son “recursos para cuidar”: instituciones, servicios. Pueden ser guarderías en las empresas, que son obligatorias. La ley de contrato de trabajo lo dice hace tantísimos años y nunca se ha cumplido. El estado debiera tener muchísimos más servicios. Es pobrísima la oferta estatal. Solo quienes tienen recursos para poder pagar guarderías o jardines maternales privados, o contratar alguien en la casa para que cuide a los chicos, pueden conciliar mejor con el trabajo fuera de la casa. Pero las mujeres más pobres, que no tienen recursos para pagar eso, hacen con sus vidas malabares para conciliar esas cosas, o simplemente dejar de trabajar. Esos son hogares que caen más rápido en la pobreza nuevamente. El cuidado está absolutamente ligado a la pobreza. Mejor dicho, la falta de cuidado, la carencia de recursos o de tiempo para cuidar a los hijos, incluyendo una buena prevención de embarazos no deseados, de embarazos adolescentes –que es otro flanco de la cosa-, todo eso tiene que ver, está muy ligado a la pobreza.

—¿Cómo te imaginás de acá a cincuenta años nuestra situación, la situación de las mujeres en el mercado de trabajo?

—Es difícil imaginar el mercado de trabajo de acá a cincuenta años porque estamos frente a una revolución tecnológica con dimensiones que todavía no terminamos de entender. Frente a situaciones de economías digitales que realmente no comprendemos todavía del todo. Pero si tuviéramos que pensar en líneas de continuidad desde ahora, quizá tendríamos que pensar en jornadas muchísimo más reducidas de trabajo, más equilibradas en el trabajo que se hace desde el domicilio y en oficinas o lugares compartidos, y que sean mucho más balanceados para hombres y mujeres. No hay motivos para tener jornadas todavía tan largas. En Alemania, acaban de reducir, creo que a 28 horas semanales, las jornadas de trabajo. El trabajo cada vez escasea más, y es necesario distribuirlo más también. Y eso nos viene bien a las mujeres, de alguna manera. Entonces, me imagino jornadas de trabajo mucho más cortas, que permitan tener una mayor corresponsabilidad social en lo que es el trabajo productivo, para el mercado, y el trabajo de cuidado.