Fue apenas un instante, como un relámpago: lo vi sentado en un boliche -el suyo, el que a él le gustaba- de Pellegrini y la costa. Miraba hacia la playa por uno de los ventanales espejados, que borraba y protegía su expresión tristona. Seguí de largo, por supuesto, rumbo al centro. “Qué parecido al Negro”, pensé. Y cuando ya iba a arriesgarme a cruzar la calle barranca arriba, tal como exige la topografía de esa esquina marplatense, me volví. Allí estaba, era él, nomás. Me sonrió con esa cara de truhán rosarino de corazón blando que sólo Alberto podía poner. Pensando con ese cinismo tan nuestro que la Argentina es un país surrealista, entré. Me acerqué a su mesa y él, con un gesto, me invitó a sentarme. Los primeros minutos fueron para mirarnos en silencio. Me sobraba, divertido con mi estupor.

—Disculpe -pude balbucear al fin- pero me jugaría la cabeza a que usted es Alberto Olmedo.

—Juéguesela, que no la pierde. Podría decirle que no, que soy un sosías, y usted se la come, ¿qué otra le queda? Pero ya que me descubrió y nos conocemos, pese a ser el Negro, me blanqueo.

—Le agradezco el gesto. ¿No toma nada?

—¿Qué van a servirme?, si en esta mesa no había nadie hasta que usted llegó. Los demás no me ven. Pero pida un whisky doble, que en una de esas lo ayudo…

—¿Anda siempre dando vueltas por aquí, Alberto, o vino por el nuevo aniversario?

—Mire, la eternidad, por ahora, se banca bastante bien. A uno lo dejan tranquilo, no lo manga nadie, los periodistas que pude reconocer (no lo tome como algo personal, por favor) perdieron los reflejos hace rato, las mujeres son más bien frías y sobra tiempo para reflexionar. Y si se aprende a transar, es posible hacer un aterrizaje como turista, para pegar un vistazo. No, al aniversario en sí, no le doy ninguna importancia. Ese es un tema para ustedes. Yo, como decía el General, ya estoy desencarnado.

—Si le pregunto por aquella madrugada…

—¡Lo echo de la mesa! De eso no hablo. Y en cuanto saque lapicera o grabador, lo echo igual. El Negro, usted lo sabe, siempre fue un señorito en toda circunstancia y con todo el mundo. Inclusive aquella noche en Fechoría cuando usted…

—Si saca lapicera o grabador, me echo yo mismo, Alberto…

—¿Vio? Hay que ser discreto siempre. Le aseguro que eso también, cuando le toque llegar aquí, se lo tendrán en cuenta.

—Sabrá, supongo, que su lugar no pudo llenarlo nadie.

—Sí, lo sé. Parece que fui mejor de lo que yo mismo creía. Me quedé corto en el momento de arreglar. Uno a veces se cree muy vivo, pero cotiza mejor, y se aviva de eso, después de muerto.

—¿Qué hacía a la vista de sus actrices detrás del sillón en una función de su espectáculo que ya es legendaria?

—¿Qué le dijeron que hacía?

—Que se bajaba toda la ropa…

—¿Y entonces para qué pregunta?

—Si le dieran una chance de empezar de cero, ¿haría todo igual o usaría mucho la tecla “Borrar”?

—Fui un rosarino ratón, a mucha honra, que pudo ponerse en puntas de pie para llegar al estante de las bebidas finas. Y sobre todo, ganarse el corazón de la gente. Haría todo, todo igual.

—¿A quién extraña más, a las mujeres o a los amigos?

—¿Se puede elegir? Las mujeres fueron pasión; los amigos, religión. No me clausure ninguna de esas dos imposturas.

Volví la vista hacia el mar, que se iluminó de pronto con un fulgor de tormenta. Fue la fracción de segundo que el Negro aprovechó para desaparecer.