El 16 de mayo de 1929 cerca de 270 personas vieron por primera vez un Oscar. Estaban reunidos en el hotel Roosevelt de Los Ángeles, celebrando la primera edición de los Premios de la Academia. Se daban para las películas realizadas en 1927 y 1928. Esa noche se entregarían 15 estatuillas, siendo la primera al Mejor Actor. La recibió el suizo Emil Jannings, por sus trabajos en La última orden y El destino de la carne (hasta la cuarta edición, los premios se daban por todo lo hecho en el año; luego comenzó a premiarse a propósito de cada película en particular). Fue el primer ganador de una ceremonia que, nadie imaginaba, se volvería una de las más famosas del mundo.

Sin embargo, el de no era un Oscar sino más bien el Premio de la Academia al Mérito, tal como se llamaba oficialmente al galardón. Lo entregaba -como hoy- la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, y se celebraba en una gala a la que se podía entrar por el módico precio de cinco dólares.

Un año antes había nacido la idea. La Academia quería empezar a entregar un premio y se puso a buscar quien lo diseñe. El elegido fue Cedric Gibbons, director de arte de la Metro-Goldwyn-Mayer. Comienzan entonces los mitos sobre el verdadero origen del premio. Lo primero es su forma. Según una versión, Gibbons habría utilizado un actor que posó desnudo para su diseño. El elegido habría sido el actor y director mejicano Emilio El Indio Fernández, amigo de Dolores del Río, actriz mejicana que sería luego esposa de Gibbons.

Sin embargo, otras fuentes aseguran que Gibbons y del Río se conocieron recién en 1930, dos años después de la creación de la estatuilla, por lo cual la historia no cuadra. Es posible: El Indio Fernández era famoso por inventarse capítulos de su biografía y bien puede haber fabulado que él es el hombre tras el Oscar.

Como sea, Gibbons diseñó una estatuilla que muestra el cuerpo desnudo de un hombre abrazando una espada -en símbolo de protección-, sobre un rollo fílmico de cinco radios. Cada uno de ellos representa los primeros cinco pilares del cine: actores, directores, escritores, productores y técnicos.

Sobre el diseño, tomó la posta el escultor George Stanley, que pasó el boceto a una estatuilla de arcilla que luego se transformó, a manos de Sachin Smith, en un objeto con un 92,5 % de estaño y un 7,5 % de cobre bañado en oro. Hoy en cambio las estatuillas están hechas de metal de britania chapado en oro. Originalmente se realizaban en Illinois, luego en la fábrica R.S. Owens & Co. de Chicago, y actualmente en la fundición de Polich Tallix en Nueva York. Tiene un tamaño de 34 centímetros de altura y un peso de 3.85 kilogramos. Su diseño nunca se modificó, salvo en la base metálica, que desde 1945 es más alta que en la versión original.

De dónde viene el nombre

Es otro de los grandes misterios. La historia que más trascendió dice que al ver el premio por primera vez la secretaria ejecutiva de la Academia –Margaret Herrick– dijo que se parecía a su tío Oscar, y a partir de entonces, como un chiste interno, comenzaron a llamarlo así. Finalmente un periodista lo escuchó, lo puso por escrito en una nota, y el premio pasó a llamarse popularmente Oscar. Diez años después de su creación, en 1939, la Academia decidió que sería su nombre oficial.

Tres años más tarde hubo una serie de estatuillas que fueron realmente excepcionales. Se trató de las que se entregaron entre 1942 y 1944. En plena Guerra Mundial la utilización de metales se restringió a la fabricación de armamento y los Oscars se fabricaron y entregaron en yeso, bajo la promesa de que luego los podrían cambiar por la versión clásica. Tiempo después hubo otro cambio significativo: comenzaron a numerar los premios que se entregaban. La primera vez fue en 1949 y se tomó como número de inicio el 501. Al día de hoy, se han entregado más de 3000 estatuillas.

Las historias detrás de los Oscar son infinitas. Una de ellas cuenta que Godard, que recibió el Oscar Honorífico a la trayectoria en 2011 y no fue a la ceremonia, le regaló el premio a su contador. Por pintoresco, el dato recuerda a lo que hizo Luis Ortega cuando ganó el Martín Fierro a Mejor Director por Historia de un Clan: lo puso a la venta en Internet, no logró encontrar comprador, se lo regaló a su productor y éste lo perdió.

Si alguien quisiera hacer eso con el Oscar, en teoría la Academia lo prohíbe. Justamente para evitar que los premios se desvaloricen, ante la entrega de la estatuilla los ganadores tienen que firmar un contrato que detalla que si quieren vender el premio se lo tienen que ofrecer primero a la Academia, al valor de un dólar. Por supuesto, esto no siempre se cumple y hay larga fila de litigios iniciados por la institución.

Algunas ventas han salido a la luz y lejos de pagar un dólar, se han llegado a vender estatuillas a precios desorbitantes. Un Oscar, por caso, se vendió en una casa de subastas de Los Ángeles a 861.542 dólares. No era una estatuilla menor: se trató nada más y nada menos que del premio a Mejor Guión Original por El Ciudadano Kane, único reconocimiento de la Academia que recibió Orson Welles por la que muchos consideran la mejor película de la historia.