Vida y muerte de Philip Seymour Hoffman

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Su muerte fue sorpresiva. Como lo eran, quizás, sus actuaciones. Era uno de los más talentosos actores de la industria cinematográfica y murió atrapado en un laberinto difícil de escapar: su adicción a las drogas. Philip Seymour Hoffman murió el 2 de febrero de 2014 y desde entonces un misterio se tejió en torno a su figura. Y hoy, es su viuda Mimi O”Donnell quien relata con detalles la vida que transitó el artista y sus inevitables días finales.

En un extenso artículo publicado por la revista Vogue, O”Donnell narra descarnadamente cómo Phil no pudo resolver los vicios que lo llevaron a la muerte. Ni Phil ni ninguno a su alrededor pudo hacer nada para rescatarlo del infierno en el que naufragaba.

La mujer, quien conoció a Hoffman en 1999, indicó que de inmediato sintió una “química” especial por él y que supo que se casarían pese a la brevedad de su vínculo, estrictamente profesional en el amanecer de la relación. “Trabajábamos en sincronía”, recordó O”Donnell en su columna. “Primero nos enamoramos artísticamente”, contó. Dos años después, ambos solteros, vendría el amor genuino, total, y la pasión.

“Desde el comienzo, Phil fue muy franco respecto a sus adicciones. Me contó acerca de su período de consumo excesivo de alcohol y su experiencia con heroína cuando tenía apenas 20, y su primera rehabilitación a los 22. Estaba en terapia y concurría a Alcohólicos Anónimos, como la mayoría de sus amigos. Estar sobrio y ser un adicto en recuperación, además de su actuación y dirección, era en lo que más se enfocaba en su vida”, recordó la mujer, también artista.

Pero la honestidad de Hoffman era tan clara que incluso en épocas de estar bien, sobrio, le advertía a su amada compañera respecto a los riesgos de permanecer a su lado. Tenía claro que aunque estuviera “limpio” eso no significaba que la adicción ya no estaba presente. Incluso, le indicó que si ella era adicta a alguna sustancia, lo suyo debía tener un punto final. El romance creció tanto que tiempo después se sorprendieron compartiendo un apartamento y luego, en marzo de 2003, teniendo un hijo, Cooper. Luego nacería Tallulah, su segunda hija, en 2006. Y la tercera, Willa, 2008.

Phil ya había alcanzado la cima de su carrera luego de su interpretación de Truman Capote, lo que le valió varios premios. Y el actor nunca quería apartarse demasiado tiempo de su núcleo. Lo necesitaba más que a nada en el mundo. Quería pasar el mayor tiempo posible con ellos. Y lo conseguía. “Me pregunto si Phil de algún modo sabía que moriría joven. Nunca dijo esas palabras, pero vivió su vida como si el tiempo fuera precioso”, indicó O”Donnell en su columna. “De alguna manera, nuestro poco tiempo juntos fue casi como toda una vida entera”.

La viuda de Hoffman contó también lo generoso que era con todos el exitoso actor. “Era su mantra: tenemos para dar”. Y lo cumplía con todos. Sus amigos, sus allegados, colegas, gente cercana que necesitaba rehabilitación. En Alcohólicos Anónimos se describe a la adicción “como astuta, desconcertante y poderosa”, señala O”Donnell. “No entendía del todo que la adicción siempre acecha bajo la superficie, buscando un momento de debilidad para volver a cobrar vida”. Y eso fue lo que sucedió con su Phil.

“Algunas de las cosas por las que atravesaba Phil eran comunes en los hombres de 40”, narró. Pero puntualizó en la muerte de alguien muy cercano a su marido, aunque no familiar: su psicólogo. “Fue devastador”. 

Pero O”Donnell, en su catártica carta en Vogue, cuenta cuándo fue el punto de inflexión por el cual “su” Phil retornó al infierno. “El primer signo tangible vino cuando, de la nada, me dijo ”he estado pensando en que quiero probar en tomar un trago de nuevo. ¿Qué opinás?”. Pensé que era una idea terrible, y dije no. La sobriedad había sido el centro de la vida de Phil durante 20 años, así que definitivamente esto era una bandera roja. Empezó a tomar una o dos copas sin que pareciera un gran problema, pero en el momento en que las drogas entraron en juego, me enfrenté a Phil, quien admitió que se había apoderado de algunos opioides recetados. Me dijo que era solo esta vez, y que no volvería a suceder. Le asustaba lo suficiente como para que, por un tiempo, cumpliera su palabra”.

De inmediato, contó la mujer, comenzó los ensayos para una nueva película –Death of a Salesman– y eso lo mantuvo alejado de las drogas. Era tan intenso todo, que no tenía tiempo ni ganas de recurrir a ellas. Eso sí: cada jornada bebía una copa. Pero el rodaje terminó y las recetas volvieron a su vida. Y lo que temía Mimi retornó de manera más violenta: heroína.

“Tan pronto como Phil comenzó a usar heroína de nuevo, lo sentí aterrorizado. Le dije: ”Vas a morirte. Eso es lo que pasa con la heroína”. Todo los días eran de preocupación. Cada noche, cuando salía, me preguntaba: ”¿Volveré a verlo de nuevo?””. La situación se tornó desesperante.

Y la narración, descarnada, catártica de Mimi continuó: “Phil intentó parar por su cuenta, pero la desintoxicación le causó un dolor físico agonizante, así que lo llevé a rehabilitación. En algunas de las conversaciones que tuvimos mientras estuvo allí, Phil era tan abierto y vulnerable como en los momentos más íntimos de nuestro tiempo juntos. Entre un día o dos de su regreso, comenzó a consumir nuevamente. En casa, se comportaba de manera diferente, y estaba poniendo ansiosos a los niños. Ambos pensamos que algunos límites serían útiles y, entre lágrimas, decidimos que Phil se mudara a un apartamento a la vuelta de la esquina. Nos ayudó a mantener un poco de distancia, pero nos permitió a todos estar juntos tanto como era posible, él todavía caminaba con los niños a la escuela, y todavía teníamos cenas familiares”.

Luego, cuando se dio cuenta que estaba a punto de perderlo todo, Hoffman decidió regresar a rehabilitación. Una vez más. Allí recibió la visita de su familia y de los tres niños, de diez, siete y cinco. Comenzaron a hacerle preguntas y él respondió con honestidad. Como resulta lógico, omitió decir la palabra “heroína”. La despedida fue desgarradora, pero O”Donnell cree que ese encuentro les hizo bien como familia.

Y el momento más dramático llegó. “Cuando Phil volvió en noviembre, él deseaba mucho mantenerse sobrio y lo hizo durante los siguientes tres meses. Pero fue una lucha desgarradora para ver. Por primera vez me di cuenta que su adicción era más grande que nosotros. Pensé: no puedo resolver esto. Era el momento de dejarlo ir. Le dije: ”No puedo monitorearte todo el tiempo. Te amo, estoy aquí por ti, y siempre estaré aquí para ti. Pero no puedo salvarte””.

En enero llegó el “aislamiento” de Hoffman. Fue durante la grabación de The Hunger Games. Él en el rodaje, Mimi en Nueva York. Financieramente, el actor ya había trasladado todo a su mujer. Sabía, íntimamente, que era irresponsable bajo su estado de adicción y quería protegerla a ella y a los niños. Ella insistía en que volviera a rehabilitación. Pero ya era un camino difícil, imposible que volviera a tomar.

Cuando regresó de Atlanta, donde rodaba su último film, O”Donnell quiso mantener cierto control sobre él. Pero era demasiado tarde. Tres días después, el 2 de febrero de 2014, murió.

“Había estado esperando que muriera desde el día que comenzó a consumir de nuevo, pero cuando finalmente sucedió me golpeó con una fuerza brutal. No estaba preparada. No había sensación de paz, solo un dolor furioso por la pérdida. Lo más difícil -imposible- era pensar cómo le diría a los niños que su padre había muerto. ¿Cuáles serían las palabras?”, escribió Mimi. Finalmente las halló, pero no las compartió en su extensa columna. Ese momento íntimo prefirió guardárselo. Philip Seymour Hoffman, su Phil, hubiera estado de acuerdo.