Sin teclado ni wi-fi: cómo dibujar las letras perfectas

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Inclinados sobre las hojas, en silencio, los calígrafos sumergen sus pinceles en la tinta y enseguida humedecen con los mismos las plumas de punta ancha y suave a la vez, que manipulan con la mano que escribe. Las manos de los calígrafos inician ese ritual de escritura que tiene mucho de historia, con una armonía única. Pincel, tinta, pluma, hoja, así irán construyendo las letras. En un ángulo exacto según el alfabeto elegido, con un ancho establecido, una inclinación y un orden en los movimientos que muchos otros calígrafos, antes de ellos, repitieron con la misma dedicación.

Sin embargo, a estos calígrafos algo los distrae cada tanto. Un celular que vibra, alguien que saca una foto del pizarrón en el que se anotan las reglas de la letra estudiada, un mate recién cebado que recorre la mesa de trabajo. Porque quienes aquí nos ocupan no son escribas de la Edad Media sino aprendices del siglo XXI que, en un estudio de Palermo, nos recuerdan que la caligrafía sigue viva, se enseña, se practica y continúa ganando adeptos y abriéndose caminos.

Los cursos y talleres de caligrafía reúnen un variopinto conjunto de diseñadores, artistas, tatuadores, interesados de todas las ramas y hasta algún adolescente capaz de apasionarse por la letra escrita a mano. Cada uno con su colección de plumas, con sus ganas de volver a lo manual, a las raíces.

A pesar del dinamismo de los tiempos digitales, y para sorpresa de muchos, ninguna nube oscura se asoma sobre el futuro de la caligrafía y solo una batalla de teóricos mueve cada tanto el ambiente: cuánto de arte tiene este arte y si una obra caligráfica puede exhibirse junto a otras artes plásticas.

El resto, en tanto, podremos disfrutar de la belleza que nos rodea en forma de logotipos, carteles, tatuajes, obras artísticas, invitaciones, nombres en diplomas, firmas personalizadas y tantos etcéteras, sabiendo que detrás de esos trabajos se esconden los grandes calígrafos actuales, esos con fans en las redes, videos en Youtube y plumas que parecen tener vida propia.

Ahora que la función de la caligrafía ya no es copiar libros ni escribir los documentos de los emperadores, el objetivo del arte de escribir bellas y elegantes letras es simplemente crear. Ser vehículo de expresión, parte de una búsqueda artística mayor. En nuestro país hay excelentes calígrafos y hasta hubo un grupo, Calígrafos de la Cruz del Sur, formado en 1997 y disuelto ocho años después, que resultó fundamental para instalar y difundir la disciplina.

Sin embargo faltan exposiciones, muestras y no es siempre sencillo conseguir las herramientas de trabajo. Betina Naab, diseñadora gráfica, calígrafa, docente e integrante de aquel colectivo recuerda que llegó a este oficio al descubrir una revista titulada Letter Arts Review que mostraba “cuadros con letras”: obras en papel o en tela, con fondos de colores y distintos materiales y letras, legibles o no, como protagonistas. Ese nexo entre las letras y las artes plásticas, la posibilidad de pintar y de escribir a la vez le mostró lo que ella quería hacer.

El camino de María Eugenia Roballos, que también formó parte de Calígrafos de la Cruz del Sur, fue parecido. Egresada de Diseño Gráfico de la UBA, estaba viviendo en Italia cuando otra vez una revista le enseñó las posibilidades que ofrecía la caligrafía, y ya no volvió a abandonar esta disciplina. De regreso al país comenzó a dictar cursos y una de sus primeras alumnas fue Naab, quien luego continuó su formación en Inglaterra. Más tarde ambas se asociaron y siguieron dando clases.

Allí están, entonces, Roballos y Naab guiando a todos esos escribas inclinados sobre sus hojas y disfrutando, o sufriendo, la forma de una “a”, la curva de una “n”. Batallando con sus plumas, claro, porque un calígrafo no se hace de una vez, no se logran conocer todos los alfabetos en un solo curso. Un calígrafo va pasando por distintos talleres y conociendo a distintos maestros. Cada uno le enseñará un estilo: fundacional, cancilleresca, uncial, gótica, inglesa, a su modo. Y a través de esa suma de saberes, experiencias y prácticas el calígrafo inexperto tendrá que ir encontrando su propia estética, la variación que lo distinga.

En los cursos, cuenta Roballos, se aprende sobre la lógica de los alfabetos, su origen, sobre las herramientas, materiales y soportes y también sobre técnicas más relacionadas con visiones contemporáneas. El calígrafo precisa de esta base sólida y clara, histórica y formal para comenzar a experimentar, para levantar vuelo.

Luego podrá buscar en actividades paralelas, como el “lettering” o letras dibujadas, la caligrafía japonesa o la árabe y tantas otras, nuevos elementos y estrategias para sumar a sus trabajos. O podrá dedicarse a la más moderna de las caligrafías, la llamada gestual, en la que la creatividad se libera y es eso, el gesto de la mano el que dicta la forma de las letras.

Al contrario de su par de hace siglos que solo contaba con una pluma de ganso a la hora de escribir, el calígrafo actual podrá experimentar con una enorme cantidad de instrumentos: fibras con punta chata y punta pincel, lapiceras caligráficas a cartucho y una serie de colas-pen y tiralíneas, las Luthis, por ejemplo, utilizadas por calígrafos de todo el mundo y fabricadas por dos hermanas argentinas, Alejandra y Verónica Devia.

Toda lista es un recorte pero hay que hacer esa en la que figuran artistas destacados de esta disciplina: Denise Lach, Thomas Ingmire, Yves Leterme, Brody Neuenschwander, Luca Barcellona, Carl Rohrs, y los argentinos Fabián Sanguinetti, Silvia Cordero Vega, Marina Soria más Roballos y Naab, por supuesto.

Tal vez la forma más sencilla de explicar la vigencia de la caligrafía sea decir que mientras haya letras -y de qué otro modo explicar el mundo si no es a través de palabras- habrá quien ejercite la escritura. Pero los calígrafos no piensan demasiado en eso, porque cuando ese ritmo del que hablábamos se apodera de ellos, lo único que importa es eso: pincel, tinta, pluma, hoja, y otra vez lo mismo, hasta que nace el texto.