El negocio de las armas, la legislación y el lobby político

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No se conocen aún demasiados detalles de la matanza de este domingo en Texas, pero el tirador podría haber obtenido tranquilamente las armas que utilizó en forma legal.

Tener un arsenal en el ropero o en el garaje es lo más habitual en cualquier ciudad de los Estados Unidos, sobre todo en el interior del país. Cualquier mayor de edad puede comprar un sofisticado fierro y municiones en miles de negocios de artículos de camping y hasta en un supermercado Walmart. Aunque a veces no es fácil entenderlo, forman parte de la cultura y la esencia estadounidense y en muchos casos son un símbolo de libertad e independencia.

En la mayoría de los estados del país no se necesitan trámites para tenerlos: alcanza con un informe de que no se poseen antecedentes penales, una gestión que el propio vendedor puede hacer por teléfono o Internet en el momento de la compra. A lo sumo ese chequeo puede demorar 72 horas, no más que eso. Tampoco se requiere examen de aptitud física o mental para usarlas.

La de Estados Unidos es la sociedad más armada del mundo. En un país con unos 320 millones de habitantes, hay 270 millones de armas pequeñas, contabiliza la Small Arms Survey. El segundo país con mayor cantidad es la India, con 46 millones, pero con una población de casi 1300 millones. Más lejos está México, con 15,5 millones de armas entre 120 millones de personas.

Según una encuesta del Centro de Investigaciones Pew, un tercio de los estadounidenses que viven con niños menores de 18 años tiene un arma en su casa.

El problema es que el arsenal está lejos de ser usado solo con fines recreativos o de defensa personal: los Estados Unidos es por lejos el país donde hay más muertes por armas de fuego en el mundo.

Según la organización Everytown for Gun Safety, todos los días mueren ochenta y ocho estadounidenses en episodios de violencia con armas y tienen veinte veces más chances de morir de un disparo que en otros países desarrollados. En los Estados Unidos, las matanzas en los cines, las escuelas o las universidades se están convirtiendo en una despiadada rutina y un grave problema político.

¿Por qué hay tantas matanzas masivas en los Estados Unidos?

Para cometer una masacre como la de Columbine (12 muertos, 1999), la de Newtown (28 muertos en 2012), la del Politécnico de Virginia (23 muertos, 2007), la de Orlando (49 muertos, 2015) o la del mes pasado en Las Vegas (58 muertos), es necesario que quien dispara tenga un rifle automático o semiautomático, para asesinar a mucha gente en poco tiempo, con ráfagas y sin necesidad de recargar cada vez que se quiere disparar. Son armas que suele usar el Ejército, pero que cualquier ciudadano también puede tener en su casa.

Es evidente que las matanzas que se vienen sucediendo en los últimos años son obra de desquiciados y, en algunos casos, existen motivaciones políticas o religiosas. Pero el sencillo acceso que tienen a ellas –y el poder de fuego que ostentan algunas de venta libre– ayuda a que las tragedias sean más masivas, con mayor cantidad de víctimas.

Y, aunque existan algunos controles, muchas veces el sistema falla. En teoría, el vendedor debe chequear que el comprador sea apto mentalmente y no tenga antecedentes, un trámite que se realiza online. Pero si no recibe la autorización de las autoridades en tres días –habitualmente se retrasan– tienen la obligación de vendérsela igual. Además, hasta comienzos de 2016, los comerciantes en Internet o en ferias no estaban obligados a examinar al comprador. Esas ventas sin licencia suponían alrededor del 40% del total.

Los sucesivos gobiernos han sido muy recelosos a la hora de limitar las armas. El derecho a armarse es tan importante en esta sociedad que ha sido plasmado en la Segunda Enmienda de la Constitución, parte de la llamada Carta de Derechos, aprobada el 15 de diciembre de 1791.

Algunos intentos de control en el pasado quedaron truncos. Durante el gobierno de Bill Clinton, se limitó la venta de fusiles semiautomáticos, pero en la época de George W. Bush la reglamentación expiró y no fue renovada. Tras la matanza de Newtown, el debate se reabrió para prohibir la venta de las armas más peligrosas y aumentar los chequeos para el resto. Pero, si bien los sondeos indican que en general los que portan armas acceden a mayores controles, se oponen terminantemente a la prohibición del Bushmaster y otras variantes de rifles de tipo militar, como el AR-15, que son los más populares entre los consumidores. Por eso, y por la presión de la Asociación Nacional del Rifle (ANR), las iniciativas siempre fracasaron.

Trump ha dejado claro en su campaña que piensa como la NRA e incluso la organización lo apoyó masivamente con dinero para avisos y actos públicos contra los límites.

Un año antes de irse del poder, con lágrimas en los ojos, Barack Obama acusó al Congreso de estar secuestrado por la industria armamentística y logró un pequeño triunfo –no en el Parlamento sino a través de una orden ejecutiva– al establecer chequeos para ventas por Internet y la aceleración de los trámites de autorización. La NRA quiere que Trump derogue ese decreto lo antes posible. Detrás hay una industria de armas deseosa de seguir vendiendo sin límites.