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Sin Mordaza
15-03-2017 | OPINION | POR DAVID ROSMAN

Violencia de género y femicidios. Cuando el Norte y el Sur se parecen demasiado

Nota de opinión por David Rosman

Se hizo el paro internacional de mujeres el 8 de Marzo de 2017.  Y ahora qué?  Que va a cambiar en Argentina, Estados Unidos, Europa y el resto del mundo desde el día después?

¿Puede cambiar algo en forma inmediata?

Como se expresó sistemáticamente en los congresos de sociología en diversos países, la violencia contra las mujeres, es un fenómeno social de múltiples y diversas dimensiones, es la expresión de un orden social basado en la desigualdad como consecuencia de la asignación de roles diferentes a los hombres y a las mujeres en función de su sexo y con un reconocimiento distinto y superior para lo masculino.

Es la manifestación de la desigualdad entre géneros, de la inequidad  en la que todavía viven las mujeres, es la fórmula a la que recurren muchos hombres para dominar a las mujeres y mantener sus privilegios en el ámbito familiar, produciendo terribles efectos para las víctimas y para sus hijos e hijas, víctimas invisibles de la violencia doméstica.

Existe porque nuestra sociedad está basada en un contexto cultural patriarcal, donde el control y el sometimiento de las mujeres, incluso a través de medios físicos, ha sido no sólo tradicionalmente tolerado sino legitimado.

La cultura machista lleva consigo el sentido de supremacía de la posesión del hombre sobre la mujer, considerada como inferior, a la cual, entre otras cualidades se le asigna la docilidad y el sometimiento al varón, especialmente dentro del matrimonio o de la convivencia en pareja, y es cuando esa convivencia se rompe, cuando la mujer sufre más el peligro de que terminen con su vida.

Este planteo inobjetable de Carmen Barba, presidenta nacional de la Asociación de Familias y Mujeres del Medio Rural de España, cobra especial relevancia pues además de las atrocidades que se cometen en los medios urbanos, con servicios de asistencia y de justicia con más proximidad que en las áreas rurales, imagine el lector que ocurre en lugares aislados, con menor nivel de información y con menos controles policiales o sanitarios. 

El hecho de que la violencia de género se desarrolle en el ámbito privado, no debe ocultar su verdadera dimensión como problema social. La violencia doméstica no es un problema de las mujeres, es un problema de los hombres y de las mujeres, es una responsabilidad de todos: gobiernos, legisladores, profesionales, educadores, medios de comunicación, políticos, representantes sindicales, artistas, escritores, la sociedad en su conjunto. 

 Este es el elemento clave de la descripción. TODOS para vencer uno de los  flagelos  más denigrante que conserva la humanidad, sin reconocer fronteras, ni niveles sociales ni de desarrollo o subdesarrollo macroeconómico.

Hay otra problemática inherente a la violencia de género prolegómeno del femicidio, y es el hecho de que esta forma de violencia contra las mujeres al igual de otros casos como las agresiones sexuales, el acoso, el bullying,  se trata de un delito oculto, esto es, un delito que sale a la luz y se denuncia proporcionalmente muy poco y, por tanto, cuyas verdaderas cifras son difíciles de conocer con exactitud.

Las razones por las que las mujeres no denuncian la violencia que padecen a manos de sus parejas o ex-parejas sentimentales o no informan de su ocurrencia pueden ser muchas y variadas, y tanto de origen social como individual. Podemos citar: el miedo a tener que continuar y/o reanudar la convivencia con su maltratador; el miedo, el desánimo o la falta de confianza en el sistema judicial o en los resultados que se pueden obtener al denunciar o hacer pública la violencia, o los elevados costes de emprender un proceso judicial; la dependencia económica (falta de recursos económicos, falta de vivienda, etc.) y/o afectiva de la víctima hacia el agresor; la no aceptación del fracaso de la relación de pareja; la consideración de que lo que ocurre en la pareja es un problema privado (y no un delito) que atañe sólo a la familia; los sentimientos de culpa o vergüenza, derivados de creer que ellas han provocado la violencia con su desobediencia, su fracaso o su infidelidad; la tolerancia social hacia el agresor y/o la falta de respuesta del entorno de la víctima a este tipo de violencia; y las dificultades para que las propias víctimas, el entorno (y a veces los/as profesionales) identifiquen como tal ciertas formas de violencia (sobre todo la psicológica y la sexual).  Así lo determinan estudios realizados por especialistas.

Hoy la sociedad argentina cuenta con el Plan Nacional de Acción para la Prevención, Asistencia y Erradicación de la violencia contra las mujeres, en un programa que abarca del 2017 al 2019, Ley 20.485.

Según dice en su prólogo “…Este Plan era una deuda que el Poder Ejecutivo tenía con las mujeres de Argentina y con la sociedad desde el año 2010. Hoy, cumplimos con esta asignatura pendiente expresando con claridad la decisión y voluntad política del Poder Ejecutivo de asumir como política de Estado el cumplimiento del derecho de todas las personas a vivir una vida libre de violencia. Por primera vez, nuestro país cuenta con una herramienta de planificación estratégica que reúne y sistematiza políticas, programas e iniciativas.”

Cumplirá su cometido?  Tendrán el carácter de políticas públicas las sugerencias y medidas que proponga el Consejo Nacional de las Mujeres?  Se destinara el presupuesto financiero necesario para su implementación? 

Sabrán los políticos y legisladores encarar un tema tan trascendente o le darán importancia a las candidaturas y a los cargos para las próximas elecciones legislativas?

En el resto de los países que sufren este flagelo podemos hacernos las mismas reflexiones.

The Huffington Post público en el año 2014 un artículo titulado “30 Shocking Domestic Violence Statistics that remind us it’s an epidemic “ (30 Estadísticas impactantes de violencia domestica que nos recuerda que es un epidemia.)

Comenzaba diciendo en su edición en inglés que el número de soldados americanos asesinados en Afganistán e Irán entre 2001 y 2012 fue de 6.488.  El número de mujeres americanas que fueron asesinadas por sus actuales o ex parejas durante ese tiempo fue de 11.766.  Esto es casi el doble de la cantidad de muertes producidas en una guerra.

Más adelante daba una abrumadora y escalofriante estadística de por ejemplo 3 mujeres por día asesinadas por su actual o ex pareja; 38.028.000 era el número de mujeres que habían experimentado violencia física a lo largo de sus vidas; las mujeres con incapacidades o minusvalía eran 40% más propensas a sufrir violencia severa con relación a las mujeres sin tales deficiencias; 4.774.000 era el número de mujeres que experimentaron violencia física por un cónyuge o pareja intima cada año; y así podríamos continuar la lectura de tales cifras sin salir del asombro y pensar –con cierta lógica- que esto no pertenece a un país desarrollado.   Pero es así.

Si bien EEUU no tuvo en los últimos 8 años un gobierno depredador y corrupto como si se dio en Argentina en los últimos 12, la realidad de la violencia de género, intrafamiliar, y femicidio, es igual un flagelo acuciante que debe ser extirpado.  Primera conclusión: no depende de la estructura económica de un país, sino de sus pautas culturales, de su estructura patriarcal.

  Y el Norte y el Sur, tienen pautas culturales similares, casi idénticas, que muestran que solo el cambio de ellas permitirá encarar el camino de su superación.

No será un proceso rápido, ni fácil, ni sin grandes resistencias.  La violencia de género es una enfermedad social, una patología social que debe combatirse en una multiplicidad de planos. 

No podemos competir en términos de quien da las estadísticas más actualizadas, una muerte cada 38 horas, cada 24 cada 18 horas, etc.

Las activistas no deben quedarse en el relato estadístico y en la crónica policial. Todos debemos exigir en forma permanente  a políticos, legisladores, dirigentes sindicales, industriales, empresarios, eclesiásticos, artistas, etc, que tomen conciencia y trabajen para que la familia no sea el lugar más inseguro del niño. 

El Estado debe proteger a los ciudadanos, y la violencia de género es más amplia que la simple cuestión semántica: se inscribe dentro de un contexto social, estructural y cultural que repercute en todas las esferas de la vida de la mujer y por ende de la sociedad.


Fuente: SM
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