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Sin Mordaza
11-01-2017 | SALUD Y BIENESTAR | EFECTO REBOTE

La dieta yoyó

El verano es la época por excelencia de los regímenes para adelgazar. Evitá caer en la trampa.    

El verano es el tiempo de las dietas. Una época en que las conductas dietantes florecen a borbotones. Una temporada de dietas rotas. Algunos las hacen muy bajas en calorías. Otros muy altas en proteínas. Algunos eliminan las harinas, panes, pastas, tortas, helados... ¡el placer! Cualquiera sea la elección, se trata de una búsqueda de magia. Ningún patrón alimentario extremo o heterodoxo podrá ser adoptado como estilo de vida. Por lo tanto, más tarde o más temprano, será abandonado. En otras palabras, la dieta se romperá junto con el hechizo. Y así aparecerá, con su entrada pomposa y arrebatadora de ilusiones, la reganancia del peso perdido.

Lo cierto es que los dietantes se someten a un fenómeno llamado dieta yoyó. Se trata de ciclos alternos de dieta y ganancia de peso, seguidos de la necesidad de una restricción calórica más severa aún para lograr adelgazar. El problema es que dietar puede generar, paradójicamente, ganancia de peso. Esto se debe a que el cerebro interpreta la dieta estricta como una hambruna y prepara a la persona para almacenar más grasa corporal para el futuro, que impresiona incierto. Esto explicaría por qué las dietas muy reducidas en calorías no son exitosas en el mediano y largo plazo. La trampa es que este fenómeno informa erradamente al cerebro de que es necesario almacenar calorías extra. Para ello, lo urge a consumir más y a gastar menos. En el foco del proceso se encuentra la incertidumbre acerca de la disponibilidad de energía que dispara el proceso.

Por qué fracasan los dietantes

Las funciones ejecutivas y el control cognitivo gobiernan los comportamientos motivados de dirección flexible (¿lo hago o no?) y, en particular, el hambre hedónica, es decir, el consumo de alimentos sabrosos en ausencia de hambre fisiológica. Privarse de la comida que nos gusta dispara descontrol de impulsos y dificultad para inhibir la ingesta. Por eso, los dietantes fracasan y se descontrolan. Por el contrario, los no dietantes han aprendido que el alimento es confiable, han legalizado el acto de comer, y sus cerebros han internalizado que no es necesario almacenar calorías para un futuro incierto, poseen la certeza de que el alimento estará disponible mañana y siempre.

La pregunta es entonces: ¿cómo perder peso? La respuesta resulta evidente: al menos no disminuyendo excesivamente las calorías e incluyendo lo preferido cada día en la porción justa. El placer no es un extra, es el eje de nuestras decisiones y más aún cuando se trata de comer. Por supuesto que además el secreto es incrementar el ejercicio habitual y manejar nuestras emociones sin utilizar alimentos.

En última instancia, como en El festín de Babette de Dinesen, la comida no se trata solo de calorías o nutrientes, es un ineludible despliegue esencial para los sentidos y el alma que todos merecemos. Tal vez valga la pena replantearse si el malestar con el cuerpo que entre todos instalamos como norma social merece que nos sometamos a dietas yoyó que están destinadas, desde un inicio, al fracaso.

 

clarin

 

Fuente: SM
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