La pequeña isla británica de las 20 mil tumbas

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La población de Bardsey Island -una isla ubicada en la bahía de Cardigan, frente a la península de Llŷn en el condado de Gwynedd, al norte de Gales- está compuesta por 200 focas, 300 ovejas y cuatro humanos. Sí, el ratio de ovejas-personas es aún mayor que en Nueva Zelanda. Es que en esta remota isla del Reino Unido, la naturaleza avanza más deprisa que la civilización, y es un lugar fuera del tiempo en donde no hay autos ni electricidad, y donde las calles pavimentadas y los inodoros dentro de las casas son tan sólo leyendas. ¿Señal en el celular? El viajero suertudo que la consiga será al interceptar la que llega desde Irlanda, que está a casi 90 kilómetros de distancia, ya que la comunicación con el “mundo exterior” se da gracias a una conexión banda ancha satelital.

Hoy en día se conoce a Bardsey Island como la “isla de los 20 mil santos” debido a que en esta pequeña porción de tierra de apenas 1,80 km2 hay 20 mil tumbas, lo que lleva a la conclusión de que la población más grande de la isla esté bajo tierra. Este número a primera vista parecería mentira, pero las cifras empiezan a cerrar cada vez más cuando se tienen en cuenta las leyendas y la historia de este lugar, que años atrás fue una cumbre estratégica británica y un centro de poder importantísimo.

Los mitos y leyendas cuentan que Bardsey Island era un sitio sagrado para los druidas de la cultura celta, y que de hecho es el lugar donde estarían enterrados los restos del mítico Rey Arturo de la célebre fábula. También se dice que, durante el siglo VI, los reyes galeses de Llŷn y St. Cadfan construyeron un monasterio en esta isla, aunque hoy no permanece ningún trazo de este supuesto templo en su superficie. Se dice que en Bardsey hay 20 mil santos ya que la leyenda cuenta también que todo aquel que sea enterrado aquí, nunca irá al infierno, lo que sirvió para cimentar la reputación de esta isla en la Edad Media como lugar sagrado para los británicos.

Y luego de que se asentara su importancia religiosa, llegó la política, y aquí se ubicó una sede gubernamental que administraba un área de más de 11 kilómetros del Reino Unido. Llegó un momento en el siglo XIX en el que la isla llegó a tener la inusitada cifra de 140 residentes, algo increíble para el viajero o turista que arribe a sus costas hoy en día y que se encontraría más que nada con una abundante población bovina y fauna marina, pero con tan sólo cuatro habitantes a tiempo completo, nueve part-time y que aumenta hasta 80 en la temporada de verano, cuando la isla se convierte en un placentero centro de relax, alejado del caos de las ciudades y donde la naturaleza es protagonista.

Para llegar hasta Bardsey, hay que partir en bote desde Porth Meudwy en la punta de la península de Llŷn, en una travesía entre olas y aguas saladas que lleva unos 20 minutos aproximadamente. Lo primero que le llama la atención al viajero es su forma similar a la de una ballena, con un monte al que sus residentes le dicen “la montaña” a pesar de medir unos meros 165 metros de altura. Como varias de las islas poco habitadas del Reino Unido, este lugar es un gran reservorio natural con inmenso interés científico, y en el que hasta ahora se han catalogado 310 especies de pájaros diferentes, y cerca de 200 focas que yacen en las rocas de la costa.

Aquí el trabajo abundaba y llegó a haber un máximo de nueve granjas en total. Hoy sólo hay una, cuyos dueños son Steve y Jo Porter, y que administran entre los dos un total de 300 ovejas y 26 cabezas de ganado, además de producir miel y vegetales de todo tipo. Ellos también son los encargados del único negocio de la isla, que vende de todo, desde libros y postales hasta artesanías, miel orgánica producida por ellos mismos en su granja y café que preparan en su propia cocina.

De esta manera, sin autos, electricidad ni caminos pavimentados, Bardsey Island es un lugar donde reina la simplicidad, y donde los viajeros acuden para una estadía única donde el contacto con la naturaleza es primordial, y donde los mitos y las leyendas se entrecruzan con la historia y la política creando una isla única, que, sagrada o no, lleva seguramente a una experiencia inigualable y lejos de la vida de la ciudad.

IB