20-11-2013 | TURISMO Y EVENTOS | PAÍS VECINO

Recorrido por la costa uruguaya

Desde Piriápolis y Punta del Este a La Paloma y Cabo Polonio. Balnearios y atractivos para todos los gustos.

El faro de La Paloma, Uruguay
El faro de La Paloma, Uruguay

Orillando un amplio boulevard que lleva hacia el cerro Pan de Azúcar, las ruinas de la iglesia construida por el mítico Francisco Piria parecen un monumento al misterio. Según narra la leyenda, Piria la edificó para que se celebrara allí el matrimonio de su hija, pero la curia nunca la consagró y ello condenó al templo al eterno olvido. Hoy, la iglesia abandonada -omnipresente ladrillo y siete arcos ojibales- es una escala más en la ruta de enigmas que alimentan la historia de Piriápolis, la ciudad balnearia fundada por Piria hace más de un siglo, ubicada a unos cien kilómetros hacia el este de Montevideo.

Piria era un alquimista que diseñó el pueblo siguiendo pautas arcanas, simbologías que se hacen presentes en decenas de rincones urbanos: desde la derruida iglesia coronada por un rosetón de ocho pétalos que representa al infinito, hasta un castillo custodiado, en su entrada, por dos perros lebreles que aluden al mercurio, o la estatua de una virgen que parece transformarse en su hijo.

Más allá de sus raíces esotéricas, la ciudad de Piriápolis es uno de los centros balnearios más tradicionales de Uruguay. Cuenta con más de 20 km de playas, un puerto en el que se confunden el lujo de los yates de banderas extranjeras con las espartanas barcas de los pescadores locales, una aerosilla que permite gozar de magníficas vistas desde el cerro San Antonio, una rambla de estilo señorial adornada por pilastras, decenas de restaurantes en los que los mariscos son un manjar y, de frente al mar, en el corazón mismo del casco histórico, el emblemático hotel Argentino, el más suntuoso de América del Sur al momento de su inauguración, en 1930.

Además, para los que necesiten experimentar emociones fuertes, las laderas del cerro Pan de Azúcar ofrecen turismo aventura en la posibilidad de hacer canopy, mountain bike y el desafiante Cable Superman, un recorrido de 2 kilómetros no apto para cardíacos, en el que uno se desliza suspendido sobre cuerdas que vuelan sobre el abismo. Pura adrenalina.

Postales de glamour
En dirección al oriente, siguiendo el asfalto de la ruta interbalnearia que bordea gran parte de la costa uruguaya, el rumbo lleva a las bellas y glamorosas arenas de Punta del Este. Ubicada en la frontera misma del río y el océano, allí donde el agua dulce del Río de la Plata se desvanece entre la sal del Atlántico, Punta es una especie de irreemplazable paraíso para cientos de miles de turistas, en especial para una importante legión de argentinos que convirtieron estas playas en un sofisticado refugio de verano.

Llegando desde Piriápolis, la primera postal que regala la geografía esteña es Punta Ballena, una estrecha península rocosa castigada por aguas impetuosas y bendecida con atardeceres de tonos rojos. Un camino lleva hasta su último extremo, ya usurpando el mar profundo, desde el que se puede ver no sólo gran parte de la costa del balneario extendida hacia el este sino también la silueta de Casapueblo, el sitio que fue hogar y taller del artista uruguayo Carlos Páez Vilaró. Pendiendo de un barranco, la casa es una extraña fusión de formas curvas, pintadas enteramente de blanco y acodadas frente al mar en sucesivas terrazas. Una visita a este sitio es imperdible, más aún si el destino quiere que Páez Vilaró ande dando vueltas por allí.

Dejando atrás Punta Ballena, la costa se sucede en varios kilómetros de arenas blancas, en las que se destacan "la mansa" y "la brava", las dos playas más emblemáticas de Punta del Este. La primera ocupa la última orilla uruguaya frente al Río de la Plata, ya que allí los mapas fijan el límite con el océano Atlántico. Junto a ella, del otro lado de una península, surge la brava, nombre que se desprende de la fuerza con la que el mar golpea sus costas.

Frente a esas arenas se encuentra la rocosa isla de Lobos, una de las reservas loberas más grandes del mundo, que puede ser avistada desde la cubierta de algún barco pesquero que lleve al visitante a navegar. Unos pocos cientos de pesos uruguayos bastan para llevar adelante esta pequeña aventura. Más hacia el este, en el sitio en donde el arroyo Maldonado desemboca en el océano, se encuentra La Barra, un lugar lleno de encanto, que tiene infinidad de buenos bares y restaurantes, pero sin tantas aglomeraciones como en el centro de Punta del Este.

Utilizado en sus comienzos como sitio de veraneo por los habitantes de la ciudad de San Carlos, La Barra comenzó a transformarse en los años 40. El puente ondulado sobre el caudaloso Maldonado, diseñado por el ingeniero Leonel Viera Britos e inaugurado en 1963, y la instalación de los primeros restaurantes en los 70, terminaron por dibujar la fisonomía actual del lugar, caracterizado por la presencia de restaurantes de autor, numerosas galerías de arte y suntuosas viviendas que reciben a políticos y famosos, durante los meses de enero y febrero.

Las tierras agrestes
Cuando La Barra queda atrás, la ruta interbalnearia comienza a tomar un rumbo noreste que ya no abandonará hasta el final de su recorrido, allá donde Uruguay se hace frontera con Brasil. Siguiendo esa dirección, el asfalto lleva entonces a José Ignacio, un pequeño pueblo pesquero que también fue transformado en los últimos 20 años en refugio de turistas de alto poder adquisitivo. Su entorno agreste y el sueño de encontrar un paraíso alejado de casi todo llevaron -y llevan aún hoy- a decenas de famosos y hombres de negocios a encontrar allí su lugar en el mundo. Confundidos con ellos, los viejos pescadores nacidos en José Ignacio siguen llegando cada tarde con sus barcas desde el mar, tirando amarras en las arenas cercanas a un faro convertido ya en la postal inequívoca del balneario.

Desde José Ignacio, la ruta recorre apenas una decena de kilómetros para llegar a la laguna de Garzón, en donde comienzan las tierras de Rocha, el más oriental de los departamentos uruguayos que se ubican al sur del país. Atravesar la laguna es casi como ingresar en un mundo en el que el ritmo de vida se hace maravillosamente lento y pausado. Son 170 kilómetros de costas casi solitarias, de playas flanqueadas por enormes médanos y altos acantilados.

Sobre estas orillas, uno tras otro, se suceden lugares encantados, muchos de ellos íntimos, como La Paloma o La Pedrera, y los pequeños pero actualmente muy concurridos Cabo Polonio y el mágico Punta del Diablo. Además, La Coronilla y la clásica Barra del Chuy, ubicada sobre la frontera con Brasil. En estas playas no hay prisas, no hay horarios, más allá de la pequeña revolución que durante enero y febrero provoca la llegada de viajeros. De todas formas, ni siquiera el vértigo del verano logra romper su calma. En el este, el extremo este uruguayo, el hechizo de la tranquilidad es siempre inevitable.

Carlos W. Albertoni para el Suplemento Viajes del diario Clarin

 

Fuente: SM
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